lunes, 18 de noviembre de 2013

Memoria para Soñar, 1 de 4


Cuando alguien tiene un sueño, y lo cuenta, lamentablemente, los humanos tenemos una cierta tendencia a ser descreídos. Lo que se le ocurre al otro, de entrada, se pone en cuarentena. Si alguien nos cuenta un sueño, algo difícil pero ilusionante, casi siempre pensamos que el que nos habla es un soñador. Como si fuese malo ser un soñador.
Y lo que es peor, algunos se convierten incluso en destructores de sueños. Utilizarán opiniones sesudas y fundamentadas, razones técnicas o económicas que tratarán de acabar con el sueño. Alguien soñó una vez, por ejemplo, que Chiclana podía ser un atractivo destino turístico, y ese sueño, entonces,  tuvo que luchar para imponerse.
Las menos de las veces, las ilusiones de unos pocos se convierten en sueños colectivos. Entonces son imparables. No se sabe mediante qué mecanismo, el sueño una vez lanzado, como un rumor, adquiere cierta capacidad vírica, y va contagiando… va calando, poco a poco. En una ciudad como Chiclana, que está despertando traumáticamente del boom de la construcción, que en su última fase en vez de sueño es pesadilla; en una ciudad como esta, hay que volver a escuchar a los soñadores…
Y es que el otro día, tomando un café con mi amigo Periqui, me contó un sueño: Un puerto en el centro de Chiclana. Un puerto en el rio Iro:
Proponía en definitiva, recuperar el rio para el centro de la ciudad.  Construir un paseo marítimo (en este caso fluvial), entre el puente azul y el puente grande, en una y otra orilla del rio. Proponía un rio lleno de actividad, accesible, con barcos y restaurantes, lugares de ocio… Que los miles de turistas que vienen todos los años, al Novo y no a Chiclana, no puedan soportar la tentación. Que compita con la rivera del marisco del Puerto. Que se llegue en tranvía desde Cádiz, que siempre gustó de Chiclana para eso del ocio y el esparcimiento…  Y sobre todo, que junto con otras actuaciones, diversifique nuestro modelo económico, genere empleo, y nos devuelva la ilusión.
Permítanme que recurra a la memoria y que utilice esta ventana semanal, para defender esta idea, en la que prefiero, de entrada, creer.
Quizás deberíamos remontarnos a la época de los Fenicios Tirios, fundadores de la ciudad. De esa época son los restos que se encontraron recientemente en el Castillo. Entonces, el mar llegaba hasta aquí; y se cree que había un puerto por el que la ciudad fenicia, siempre ligada a la navegación, se comunicaba y comerciaba. Que me perdonen los historiadores. Tirio, Lirio, Irio… Iro.
Dando un salto de siglos, de miles de años, volviendo al a memoria reciente, podemos recordar la imagen de algunos barcos en el rio. Frente al 22 había un calistral (eucaliptal), en el que los paisanos reposaban y se bebían los medios litros, y se comían algún que otro ostión que les habría frente al 22 mi abuelo Jacinto al que no conocí.
En la orilla del lugar, donde hoy hay construcciones, hubo también un jardín romántico, presidido por un busto de García Gutiérrez, tan celebrado este año. (Por cierto, buena idea esa de reivindicar la Chiclana Romántica).
No estaban los pisos de los maestros, ni el chalet junto al puente chico, ni las casas que le dan la espalda al rio, como si se tratase de la cloaca de la ciudad.
Creo que son dos los recuerdos recientes que nos impiden ver las grandes posibilidades que tiene el rio para la ciudad. En primer lugar la peste. En los ochenta, el rio fue una cloaca. Y gran parte de los Chiclaneros lo hemos asumido como un espacio residual, sucio, difícilmente aprovechable. Hoy el problema está resuelto pero el recuerdo negativo persiste.
Además de la memoria olfativa, la amenaza de las inundaciones  parece oponerse a cualquier desarrollo. Por eso, entre el rio y la ciudad, en vez de una barandilla sutil y permeable, que permita asomarse, entrar y salir… hay un muro de contención.
Y es que, hay que actuar aguas arriba. Hay que sacar del cajón el proyecto de la presa contra-avenidas. Un proyecto no muy caro, que según los expertos, nos permitiría abrir el rio a la ciudad.
Más recientemente, en 2005, tuvimos el privilegio de que uno de los mejores arquitectos del mundo trabajara sobre nuestra ciudad. Algunos consideramos que era necesaria una repensada a la plaza sobre el rio, y al papel del rio en la ciudad. Alberto Campo Baeza realizó un magnífico anteproyecto, que todavía hoy puede consultarse en su página web. www.campobaeza.com.  Entren en esta página y vean su propuesta. Vean el proyecto de las cuatro torres, de los paseos junto al rio, del puerto quizás… Debemos recuperar la ilusión. Es urgente soñar. Sueñen. Sueñen. Pero no se duerman.

Las Gasolineras

La dependencia que tenemos del combustible, directa o indirectamente, es enorme.  Desde hace años, me sorprende cada día, que un litro de gasolina cueste más caro que dos litros de leche. ¿Qué pensaría Juan el Lechero?, que pasaba por mi calle con su lechera y su jarrita de acero inoxidable, vendiendo la leche que había ordeñado él mismo esa mañana… Leche que hacía nata, sin bautizar, como él decía…
Según tengo entendido, la carretera N340 pasaba por debajo del arquillo del reloj.  Esta imagen, la de una carreta general pasando bajo semejante estrechez, me sugiere que antes, los coches serían muchos menos, irían más despacio y pasarían de tarde en tarde. Cada vez que veo los arañazos que tiene la bóveda del arco del reloj por encima de los riñones, me imagino un camión Barreiros pasando a lo justo bajo la torre, y rozando con el techo la piedra ostionera…
Hubo una gasolinera en la plaza mayor. Después de cruzar el anterior puente grande, que desembocaba en la plaza de España, se cogía la calle Huerta Chica, se pasaba bajo el arco, luego por delante de la iglesia, Plaza del Santo Cristo, y cuesta del Matadero hacia abajo, hasta la Venta el Pilar, que era donde terminaba Chiclana.
Recuerdo las gasolineras de los setenta y ochenta. La del pilar, frente a las ruinas de la ladrillera, bóvedas de ladrillo que habían sido hornos. Estaba sobre la carretera nacional, que ya no tenía que entrar en Chiclana, sino bordearla entre el rio y el castillo.  Había otra gasolinera más hacia Cádiz, pasando la Huerta O’Farrel, creo que es la misma todavía.
Entonces las gasolineras eran diferentes, aunque lo que más ha cambiado es el precio del combustible. Los que repostaban tenían mejor cara. Porque, hoy en día, llenar el tanque es casi una decisión financiera para cualquiera. Los importes, lo que se gasta, nos dejan mala cara después de repostar, por lo menos durante diez kilómetros, hasta que se nos olvida.
Hay más diferencias, y no menores. En primer lugar, en la gasolinera había muchos gasolineros. Hombres amables, a pie de surtidor, con una riñonera de cuero. El bolso tenía un cierre metálico de media vuelta, y los billetes muy ordenaditos. El rizo tenía uno igual para cobrar el canario. Pero el rizo tenía monedas, y los gasolineros  billetes. Cuando llegabas a repostar al surtidor, el gasolinero  se acercaba al coche… Buenas tardes, ¿Cuánto vamos a poner?... Ponga usted doscientas…
Si el cliente era mujer, el gasolinero le pedía la llave para abrir el tapón del depósito, si es que tenía llave. Una mujer no tenía porqué acercarse al surtidor de gasolina, que además de hacer ruido, emanaba vapores de combustible continuamente… Sentado en el coche, recuerdo mirar a través del vapor de gasolina el surtidor de una sola manguera. Los números giratorios, las manchas de grasa, el charco en el suelo, cubierto con serrín… podíamos ver la gasolina, que antes de entrar en el coche, era mostrada a través de una burbuja de cristal, por la que pasaba rítmicamente, según marcaba el run run, del surtidor. Aquel señor dejaba una manguera echando en un coche, mientras iba a atender a otro recién llegado. El aparato no se paraba solo; y, de vez en cuando, el gasolinero daba alguna carrera para parar un surtidor en la cantidad indicada por el cliente, y no pasarse. Podía tener dos o tres clientes a la vez. Como un malabarista, paraba los números giratorios en la posición adecuada, cobraba y daba la vuelta sin equivocarse, mientras controlaba de reojo el contador del surtidor de la señora de al lado, que ha pedido quinientas… Le daba tiempo para saludar a sus clientes, casi todos conocidos, hacer algún comentario y escucharlo…
De la noche a la mañana, desaparecieron los gasolineros junto al surtidor. Desde entonces la inmensa mayoría de las gasolineras son auto-servicio. Y aquella merma de servicios no supuso una bajada de precios, sino todo lo contrario. Surtidores modernos, con muchos brazos, como pulpos, que incluso hablan, que se paran solos... han cambiado el trabajo del gasolinero. Hoy hay que pre-pagar en la tienda, después de hacer cola.
Pero afortunadamente, todavía hoy, detrás del mostrador de diseño, hay un gasolinero, ( o gasolinera). Hacen malabares detrás del mostrador, ofreciéndote la tarjeta de puntos, recargando móviles,  controlando todos los surtidores a través del cristal y del ordenador, cobrando el agua o las patatas fritas, sacando del horno el pan caliente…  Pasando la tarjeta, vendiendo una revista de motos, indicando dónde se encuentra un hotel… Como hombres orquesta, como el gasolinero antiguo, haciendo varias cosas a la vez, y mirando de reojo la siguiente tarea.
Como antes, conociendo a sus clientes habituales y atendiendo con buena cara, que tiene mérito después de tantas horas.
Porque, aunque pase el tiempo, aunque las máquinas sean más modernas y la gasolina carísima; aunque creamos que todo ha cambiado, realmente, lo que importa, que son las personas, siguen al pie del cañón.



Hacer deporte


No es lo mismo hacer deporte que hacer ejercicio. No es lo mismo, como dice Alejandro Sanz.
Si preguntamos a los mayores sobre el deporte que han practicado, seguramente nos dirán que bien poco. Que ejercicio físico mucho: Soleta, pico y pala, palaustre, brocha… ese era el deporte que había. Trabajo. Pero deporte, bien poco… eso es de señoritos, dirían algunos.
La práctica generalizada de un deporte como tal, como sana afición, es una cosa relativamente reciente en nuestro entorno. Supongo que en las capitales las instalaciones deportivas existían antes; pero aquí, hasta los ochenta, nada de nada. Bueno, muchas huertas para cavar, viñas que podar y sarmentar y remolachas que coger agachados, y cargar en el camión con un fuerte impulso de riñones.
Una mañana cualquiera, el director del colegio se coló en la clase de sexto, interrumpió un momento la clase, y nos anunció con solemnidad que era obligatorio elegir un deporte. Todos debíamos apuntarnos a futbito, baloncesto, balonmano o voleibol… Y en la clase de cuarenta se hicieron cuatro grupos. A futbito se apuntaron los que, según el consenso de todos, jugaban mejor. A una cosa parecida jugábamos en los recreos, y había alguno que otro que había conseguido destacar en regates y tiros a la portería pintada en la pared. Creo recordar, que los que menos ganas tenían, se apuntaron a voleibol. Los de en medio, donde siempre he estado, nos distribuimos entre baloncesto y balonmano.
El balonmano fue para mí un descubrimiento. Se me daba bien. Además de la fuerza y una cierta habilidad, era necesario ser muy observador. Tener conciencia en todo momento de las  posiciones y los movimientos de los demás, para buscar o provocar huecos.  Saber dónde están los tuyos, y jugar en equipo.
Comenzamos entrenando en el patio del colegio y en el palenque. El primer año avanzamos poco. Aprendimos las reglas, y a pasarnos la bola; poco más. Se organizaron en el Poli, competiciones entre algunos colegios, pero no ganamos.
El polideportivo municipal, fue durante muchos años la única instalación deportiva de Chiclana. No existía el pequeño pabellón cubierto de la entrada, ni estaba comunicado con el colegio de Santa Ana, ni existían pistas de Pádel. Bueno, no existía el Pádel, que yo sepa. Entonces éramos menos pijos.
Lo que si había era una gran piscina municipal que abría los veranos, y que se llenaba los días de levante. Rodeada de césped, con socorrista y todo. Una modernidad, vamos.  Además de la piscina, una pista de futbito abajo, dos de tenis, y una pista polivalente, arriba, detrás del pequeño edificio de vestuarios y administración. Había también una pequeña cantina, y algunos personajes que estaban siempre allí, vestidos eternamente con chándal, y que lo mismo arreglaban una valla, limpiaban los vestuarios, o arbitraban un partidito de futbito.
En el poli convivían algunos clubs, de baloncesto, de balonmano o voleibol, en los que podías apuntarte y practicar algún deporte de equipo. Algunos alquilaban también las pistas de tenis. Los colegios y los institutos también hacían uso de las instalaciones… Y, cuando no se usaban oficialmente por nadie, entonces, aquello se llenaba de chiquillos que jugaban una pachanguita en cualquier canasta vacía, o un partidito de futbito improvisado. Se podían distinguir fácilmente. Los clubes llevaban camisetas del mismo color. Equipaciones. Los chiquillos que aprovechaban los huecos de los horarios, no podían distinguir a los del equipo contrario. Alguna vez, decidían que un equipo jugaría sin camiseta para poder diferenciarse del rival. Un equipo color carne, más o menos morena, contra otro con camiseta.
Ya en el instituto, se produjo un cambio importante. Licenciados en INEF nos daban clase de gimnasia dos veces por semana. Al principio del curso nos hacían unas pruebas físicas. De resistencia, de fuerza, de flexibilidad… Los resultados de cada uno no eran determinantes, pero lo que sí era necesario era aprovechar el curso, y tener a final del mismo, mejores resultados en las pruebas que al principio.
Íbamos al motocrós, y a la campo de fútbol que había al lado. El motocrós de Santa Ana, hoy el parque de Santa Ana, era un recorrido sinuoso de subidas y bajadas por carriles de zahorra. No había vegetación alguna.  Plantaron árboles pequeños y empedraron aquellos carriles con piedra de Tarifa. Hoy los árboles son grandes. Ya es un parque y no un motocrós.
Los nuevos colegios que se fueron construyendo, año a año, tenían casi todos sus propias instalaciones, que se usaban por las tardes, por los niños y niñas del barrio como lugar de juego.
Poco a poco, durante los últimos años, se han ido terminado multitud de instalaciones deportivas, pabellones, velódromo, piscinas, pistas de atletismos, campos de césped artificial…
Cualquier tarde podemos ver a muchísima gente vestida con modernas ropas deportivas practicando infinidad de deportes, paseando en piragua, corriendo, con la bici…
Me parece que Chiclana tiene una especial vinculación o afición al deporte. Desde luego, si preguntamos a nuestros mayores, que no han montado en bicicletas de aluminio última generación, ni tenían camisitas transpirables de tejidos inteligentes, ni zapatillas de running de gran absorción de impactos… si preguntamos a nuestros mayores que no hacían deporte, pero hacían mucho ejercicio con la soleta, el pico y la pala, el palaustre o la brocha,… y que si cogían la bicicleta era para ir a Cádiz a trabajar;  si preguntamos, nos dirán… ¡Joder, Qué cambio!

Concejal de su Pueblo


Los comienzos de la democracia en Chiclana tienen sus peculiaridades. En el año setenta y nueve fue reelegido Alcalde Don Agustín Herrero Muñoz. Es decir, los chiclaneros decidieron que su primer Alcalde del período constitucional fuese el mismo que antes: El último del período Franquista. Agustín Herrero era una persona respetada; y, su memoria sigue siéndolo. Tanía una cierta fama de hombre rudo y bragado; y, me cuentan divertidas anécdotas que lo definen como tal. Otro domingo podríamos recordarlo.
Esta primera corporación del setenta y nueve fue un Ayuntamiento de pactos. En cierto modo fue un período de calentamiento; cuatro años de rodaje para algunos que luego serían llamados a desempeñar importantes responsabilidades.
He tenido la oportunidad de conocer a algunos de aquellos concejales y hay un par de cosas que  casi todos repiten: Que no tenían ni idea de política ni de la administración; pero tenían muchas ganas. Y, que estaba todo por hacer. Que en Chiclana no había casi de nada. Que no había agua corriente para todos, ni saneamiento, ni teléfono, ni asfalto, ni alumbrado público suficiente…, que el rio apestaba, que todo se inundaba,  que no había equipamientos culturales, ni apenas sanitarios… Las carencias eran tan evidentes, y la necesidad de gestionar y hacer cosas desde lo público era tan clara; que supongo, que estos concejales de los ochenta sentirían cierta vergüenza en dedicar su tiempo a tontas e insustanciales peleas políticas y prefirieron ser concejales de su pueblo.
Los de hoy, los actuales, deberían tomar nota. Memos disputas insustanciales y más debates constructivos.  En ciertos aspectos ahora vivimos un período de cambio parecido a aquel;  y puede que más difícil de dirigir y de liderar. 
Me gustaría trasmitir con este artículo, que aquellas primeras corporaciones fueron diferentes. Que los concejales eran accesibles, que paraban en los bares y escuchaban a todo el mundo… eran gente normal…, fuesen del partido que fuesen. Discutían en los plenos, y luego se tomaban una cerveza juntos, porque los problemas había que arreglarlos, por encima de la pelea de partidos.
Seguramente tenían claro que eran unos simples concejales de pueblo. Ni más ni menos.
No parecía que habían hecho un máster en ciencias políticas cuando hablaban en los plenos. Sabían que el ser nombrado concejal de salud o de economía, no te convierte en experto en la materia, ni falta que hace. Sabían que eran los representantes de los vecinos ante el Ayuntamiento, y a veces, contra el Ayuntamiento; y no al revés, los representantes de la Administración frente a los vecinos, como algunos parecen pensar… Me gustaría decir todo esto, pero no sé cómo. Por eso, mejor, voy a contar una historia, un recuerdo prestado, un suceso extraordinario:
Son las cinco de la mañana y sigue lloviendo. Pepe se ha desvelado. El wáter hacer un ruido peculiar, un “Glu-Glu” como él dice. Ese ruido significa riada. No falla. Nadie lo ha llamado, ni él llama a nadie. Se viste y en unos minutos está en la Cuesta del Matadero, frente a Bejerano, que efectivamente, está despierto, y colocando con yeso las tablas en la puerta; para que el agua no entre demasiado. Chano debe tener su propio ruido o su propio aviso de riada, porque sin mediar teléfono, ha llegado unos minutos antes. También parecen tener dotes adivinatorias, Paco, el del agua, y San Martín, que viene sin su uniforme de jefe de la policía. Los cuatro protagonistas se reúnen, armados con botas y ropas de agua. No es la primera vez, ni será la última. La cosa es grave y hay que despertar a dos o tres más.
Paco se sabe al dedillo por dónde van las tuberías y dónde están los puntos débiles. Chano también. Plano no hay. Paco ha dicho que hay que hacerlos, porque…, en fin, no es normal que la red de alcantarillado esté dibujada solo en la cabeza de dos o tres personas.
Sigue lloviendo en cantidad. El agua sube; un agua marón, veloz, que tapa toda la calle, en las primeras luces de la mañana. Habría que levantar un par de tapas de pozos de registro para que el agua tenga otra salida; de esas redondas pesadas, que no se ven, tapadas por el rio que se ha formado en unas horas…
Y he aquí el suceso extraordinario: Chano, con sus botas de agua y un gancho en la mano, mojándose como todos, se mete en el agua y va derecho a un punto determinado de la calle. Sin casi ensayar, mete el gancho en el agua, y engancha una tapa. La levanta. Anda unos pasos hacia la esquina, vuelve a meter el gancho, y engancha otra tapa, que levanta igualmente. Ya ha abierto cuatro o cinco pozos…  ¿Cómo acierta ese hombre? Comenta un curioso protegido bajo un paraguas en la puerta de Bejerano.
El misterio tiene explicación: Chano, de otras veces, ha pintado unas señales en las fachadas para saber donde están las tapaderas. No sólo aquí. En todas las tapas que él sabe que hay que levantar. En la calle Caraza, en el Retortillo… Chano es de poco hablar, y ya se ha ido en su coche, a levantarlas.
Y lo extraordinario, lo maravilloso, si me lo permiten, es que Pepe es el Alcalde y Chano es el concejal de obras, que levanta las tapas del alcantarillado con su gancho, y gracias a las marcas que él mismo ha hecho. Extraordinario sin duda.
Aunque se acaba de jubilar, Chano sigue llevando las herramientas en el maletero de su coche. Y sigue sabiendo dónde están los puntos débiles, las tapas qua hay que levantar. Y no solo del alcantarillado. Quizás todavía tenga marcadas las fachadas.
Chano ha sido concejal de su pueblo. Ni más ni menos. Un pueblo por cierto, bastante desagradecido, con respecto a Sebastián Verdugo.
Ojalá yo pudiera darte el reconocimiento que tanto parece hacerse esperar. Sé que no te gustan estas cosas, y dices que se hizo lo que había que hacer. De todos modos... Gracias Chano.

viernes, 21 de junio de 2013

Las Comuniones



En muchas culturas existe algún tipo de ceremonia o liturgia para marcar el final de la tierna infancia. La circuncisión de los musulmanes, es una celebración familiar parecida a nuestra primera comunión, y sirve para festejar un nuevo hombrecito en la familia. No hacen fiestas, que yo sepa, en honor de las niñas. Los americanos, también a lo suyo, celebran el juramento a la bandera, que es también una religión para ellos. Hay otros ejemplos; y creo que podríamos generalizar diciendo que las celebraciones familiares son una constante en casi todas las culturas; y que estas celebraciones retratan cómo son las sociedades, mostrando por ejemplo, el machismo de unos o la obsesión patriótica de otros.
En nuestra cultura, existió siempre una diferencia. Los bautizos, los más modestos, apenas una merienda para los padres, padrinos y familiares directos. Las comuniones, en un segundo nivel; y las bodas, fiestas por todo lo alto; o por lo menos, lo alto que podía llegar cada bolsillo. En los últimos años, el que más o el que menos, ha asistido a comuniones que bien podrían haber sido bodas.  Varios miles de euros, que es mucho, si tenemos en cuenta cómo están los sueldos. Ha sido frecuente pedir un crédito para pagar la comunión. Antes era impensable.
En los años setenta y ochenta las comuniones eran otra cosa. Sencillamente, se le daba menos importancia, y se le dedicaba mucho menos presupuesto familiar. Los trajes eran heredados y arreglados, o comprados en Los Gómez-Pobres o en El Barato, que con sus nombres reflejaban el tipo de moda predominante en Chiclana. Las niñas también iban de novia y los niños de marinero o almirante. (¿Qué tendrá que ver el ejercito, los militares y los símbolos bélicos con la primera comunión?…)
Además del traje, la foto de comunión era imprescindible. Antes no se hacían tantas fotos y los abuelos tienen todavía colgadas en el salón las fotos de comunión de entonces. Grandes, en marcos dorados y barrocos, niños guapísimos con la mirada perdida y caritas de ángeles.
 Al niño o niña se le solía regalar una cruz o una medalla de la virgen, un libro de comunión en el que firmaban todos los invitados, un reloj… Los niños llevaban un cordón… También nos prestaban, para la foto en la iglesia, una pequeña biblia con las pastas doradas y blancas de nácar. Todos tenemos nuestras fotos. Y una foto de comunión de los ochenta es casi idéntica a una actual.
Pero las celebraciones, los convites, son muy diferentes. Entonces se celebraban casi siempre en la propia casa o en el campo. Una comida, servida por los padres y familiares allegados que hacían ese día de camareros, cocineros y anfitriones. Recuerdo pedir prestadas sillas a mi vecina Manuela (…un beso), y ayudar en la cocina de mi casa a cortar butifarra la noche antes de mi comunión.  He preguntado a amigos de mi quinta, y muchos tienen un recuerdo parecido… llevar los sofás a casa de un vecino,… una matanza en el campo,… que su abuela hizo un gazpacho caliente enorme,… que como no cabían en el salón había varias mesas en habitaciones distintas de la casa…  que los niños jugaban en la calle…
En los últimos treinta años, las comuniones fueron evolucionando, y generando también una cierta economía. Más fotógrafos, más sitios de celebración, más catering… Hace poco, había que contratar con meses de adelanto; y hoy en día, podemos contar muchos establecimientos que viven de las comuniones y de las bodas, aunque no están en su mejor momento. Incluso algunos hoteles del Novo, entraron en este mercado, haciendo la competencia a los primeros y más antiguos, como el Sotillo, o por supuesto, el Pico de Oro. ( … Un beso para Juan Izquierdo, Chiona)
Pero la crisis aprieta, y no está la cosa para celebraciones de miles de euros. Para algunas familias es un problema incluso ser invitado. Hay que comprar vestuario, y algún dinero habrá que regalar. Por eso, muchos optan por no ir, y las comuniones tienen muchos menos asistentes. Además, cosa que me parece bien, no todo el mundo hace la comunión. Muchos padres piensan que ya tendrá el niño edad de decidir sobre fe y estas cuestiones. E igual que hay niños que no dan religión en el colegio, hay niños que no hacen la comunión.
Muchos otros, celebran la comunión en la iglesia, pero no hacen convite. O lo celebran como antes, en sus casas, pidiéndole sillas prestadas a la vecina, y cortando butifarra la noche de antes. Otra vez como en los ochenta.
Bueno, quizás lo otro fue un espejismo pasajero. Una falsa y efímera prosperidad.  En cualquier caso, no se trata de polemizar. Que disfruten de las reuniones familiares de Mayo, sea el convite como sea. La niña o el niño, seguro, por encima de crisis y significados religiosos, disfrutará y quedará guapísimo en la foto que colgará la abuela en el salón.           

Las comuniones



En muchas culturas existe algún tipo de ceremonia o liturgia para marcar el final de la tierna infancia. La circuncisión de los musulmanes, es una celebración familiar parecida a nuestra primera comunión, y sirve para festejar un nuevo hombrecito en la familia. No hacen fiestas, que yo sepa, en honor de las niñas. Los americanos, también a lo suyo, celebran el juramento a la bandera, que es también una religión para ellos. Hay otros ejemplos; y creo que podríamos generalizar diciendo que las celebraciones familiares son una constante en casi todas las culturas; y que estas celebraciones retratan cómo son las sociedades, mostrando por ejemplo, el machismo de unos o la obsesión patriótica de otros.
En nuestra cultura, existió siempre una diferencia. Los bautizos, los más modestos, apenas una merienda para los padres, padrinos y familiares directos. Las comuniones, en un segundo nivel; y las bodas, fiestas por todo lo alto; o por lo menos, lo alto que podía llegar cada bolsillo. En los últimos años, el que más o el que menos, ha asistido a comuniones que bien podrían haber sido bodas.  Varios miles de euros, que es mucho, si tenemos en cuenta cómo están los sueldos. Ha sido frecuente pedir un crédito para pagar la comunión. Antes era impensable.
En los años setenta y ochenta las comuniones eran otra cosa. Sencillamente, se le daba menos importancia, y se le dedicaba mucho menos presupuesto familiar. Los trajes eran heredados y arreglados, o comprados en Los Gómez-Pobres o en El Barato, que con sus nombres reflejaban el tipo de moda predominante en Chiclana. Las niñas también iban de novia y los niños de marinero o almirante. (¿Qué tendrá que ver el ejercito, los militares y los símbolos bélicos con la primera comunión?…)
Además del traje, la foto de comunión era imprescindible. Antes no se hacían tantas fotos y los abuelos tienen todavía colgadas en el salón las fotos de comunión de entonces. Grandes, en marcos dorados y barrocos, niños guapísimos con la mirada perdida y caritas de ángeles.
 Al niño o niña se le solía regalar una cruz o una medalla de la virgen, un libro de comunión en el que firmaban todos los invitados, un reloj… Los niños llevaban un cordón… También nos prestaban, para la foto en la iglesia, una pequeña biblia con las pastas doradas y blancas de nácar. Todos tenemos nuestras fotos. Y una foto de comunión de los ochenta es casi idéntica a una actual.
Pero las celebraciones, los convites, son muy diferentes. Entonces se celebraban casi siempre en la propia casa o en el campo. Una comida, servida por los padres y familiares allegados que hacían ese día de camareros, cocineros y anfitriones. Recuerdo pedir prestadas sillas a mi vecina Manuela (…un beso), y ayudar en la cocina de mi casa a cortar butifarra la noche antes de mi comunión.  He preguntado a amigos de mi quinta, y muchos tienen un recuerdo parecido… llevar los sofás a casa de un vecino,… una matanza en el campo,… que su abuela hizo un gazpacho caliente enorme,… que como no cabían en el salón había varias mesas en habitaciones distintas de la casa…  que los niños jugaban en la calle…
En los últimos treinta años, las comuniones fueron evolucionando, y generando también una cierta economía. Más fotógrafos, más sitios de celebración, más catering… Hace poco, había que contratar con meses de adelanto; y hoy en día, podemos contar muchos establecimientos que viven de las comuniones y de las bodas, aunque no están en su mejor momento. Incluso algunos hoteles del Novo, entraron en este mercado, haciendo la competencia a los primeros y más antiguos, como el Sotillo, o por supuesto, el Pico de Oro. ( … Un beso para Juan Izquierdo, Chiona)
Pero la crisis aprieta, y no está la cosa para celebraciones de miles de euros. Para algunas familias es un problema incluso ser invitado. Hay que comprar vestuario, y algún dinero habrá que regalar. Por eso, muchos optan por no ir, y las comuniones tienen muchos menos asistentes. Además, cosa que me parece bien, no todo el mundo hace la comunión. Muchos padres piensan que ya tendrá el niño edad de decidir sobre fe y estas cuestiones. E igual que hay niños que no dan religión en el colegio, hay niños que no hacen la comunión.
Muchos otros, celebran la comunión en la iglesia, pero no hacen convite. O lo celebran como antes, en sus casas, pidiéndole sillas prestadas a la vecina, y cortando butifarra la noche de antes. Otra vez como en los ochenta.
Bueno, quizás lo otro fue un espejismo pasajero. Una falsa y efímera prosperidad.  En cualquier caso, no se trata de polemizar. Que disfruten de las reuniones familiares de Mayo, sea el convite como sea. La niña o el niño, seguro, por encima de crisis y significados religiosos, disfrutará y quedará guapísimo en la foto que colgará la abuela en el salón.           

martes, 18 de junio de 2013

... Y jugar en la calle


​Hace unos años no quedábamos para salir.Simplemente salíamos , y nos encontrábamos en la calle. Los niños no teníamos móviles, ni los adultos, ni nos dábamos toques, ni teníamos Whatsap. Guasa si, guasa teníamos lo mismo que ahora.

​Y es que los niños son los niños, y eso no ha cambiado demasiado en los últimos treinta años. Aunque hoy los colegios están mejor equipados, los niños estudian inglés y nacen sabiendo informática, los padres parecen taxistas llevando niños a mil extraescolares, y ellos pasan más tiempo viendo videos de Willy Rex  jugando al Callof Duty en el Youtube, que delante de la tele.

​A veces me sorprendo dándole la charla a mis niños, cuando entran en esa especie de trance con los auriculares puestos. Esas veces que están pero no están, absorbidos por la pantalla, como hipnotizados. No me gusta demasiado la idea de reivindicar el pasado. Podría entenderse que defiende uno, aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor; y, nada más lejos de mi opinión. Pero… hijos míos de mi alma, salid a la calle a que os dé el aire…

​En mi barriada, que recordamos juntos la semana pasada, se jugaba en la calle, en la huerta o en el callejón;en las albinas, en la fuente, o en el pinar prohibido.

Cuando llegábamos del colegio por la tarde, porque había colegio mañana y tarde, cogíamos de casa el bocadillo a dos manos para que no se escapase, y salíamos corriendo a la calle. … Espera, ¡Tómate la leche!...,decían nuestras madres… bébetela como si fuera agua; y nosotros, después de apurar el vaso, con los labios manchados de blanco y el bocadillo bien agarrado salíamos en busca de la aventura diaria.
​
Y no hacía falta casi nada: dos piedras-portería o una botella-balón. Porque antes las piedras podían ser porterías y las botellas de suavizante, las azules grandes que son las buenas, podían servir para jugar a la botella. Las niñas tenían suficiente con un elástico, o una cuerda; y si no, hacían juegos con las palmas una enfrente de otra. Jugaban a saltar… Doña Inés cuántos hijos va a tener… 1, 2, 3… y saltaban haciendo combas hasta tener una familia imaginaria cargada de chiquillos. O… Chi-güe, se enamora de todas las chicas que ve, Chi-güe… pisando el elástico una u otra vez. Primero a la altura de los tobillos, al uno; luego en las pantorrillas, debajo del culo, en la cintura, en las axilas, y finalmente en el seis, a la altura del cuello…

Los niños éramos mucho más brutos. Recueroespecialmente el juego del burro. Los de un equipo,inclinado y agarrados unos a otros, formaban una larga hilera de espaldas en posición horizontal, sobre las que saltaban todos los del otro equipo, uno a uno, con el objetivo de quedar encima, sin caerse. También jugábamos al marro, o al guardia, o al galope al trote… juegos muy distintos a los de las niñas, en los que ganaban los más fuertes, o los más ágiles, y que solían terminar con el comienzo de la noche, o porque alguien salía chocado o lesionado.

En la Longuera, antes del instituto Picasso, y antes de que pusieran allí la feria, no había nada. En invierno estaba anegada, y por este tiempo, con las calores, aquella laguna se secaba dejando una gran superficie perfectamente plana. Parecía una enorme piel de cocodrilo, con esas lascas de fango agrietado, comoescamas de tierra seca. Aquello era para nosotros un magnífico campo de beisbol, aunque nosotros lo llamábamos jugar al bate, que era básicamente igual que el beisbol, pero con una pelota de tenis y con un palo cualquiera… y con piedras señalando las bases. Siempre con piedras.

Sobre aquellas piedras hicieron una calle nueva,  y al otro lado de la calle, un instituto de FP, y dentro del instituto unas pistas deportivas. ¡Unas pistas deportivas!
Ya mayorcitos, saltábamos la valla y jugábamos alfutbito y al baloncesto, en porterías y canastas de verdad. Al principio estaba prohibido, pero luego, al contrario, decidieron abrir el centro por las tardes. Un vecino de por allí, el barba, montó un equipo de jockey con los chavales del barrio. Ganaron varios campeonatos de Andalucía, y participaron en los de España, ganando a equipos de grandes ciudades, mejor equipados y más pijos. Y sobre todo, el deporte los alejó de otras aficiones más peligrosas que estaban comenzando a ponerse de moda entonces. Lamento no recordar el nombre del entrenador de jockey. Ahora que lo pienso, hizo bastante bien.

Bueno, vuelvo a dar la charla del abuelo cebolleta recordando el pasado reciente… mientras mis hijos tienenotra vez los auriculares puestos y toquetean el móvil…

No me parecería acertado repetir aquellos estereotipos, dónde los niños jugaban al burro hasta hacerse daño, y las niñas cantaban canciones de tener muchos niños, o el así fregaba y el así planchaba… pero, no puede ser malo un poquito de aire. ¿no? Un poquito de calle.

Por mi parte, si uno de estos días me cruzo con alguno de aquellos niños con los que jugaba en la calle, le preguntaré el nombre de alguno de aquellos juegos, o cómo se jugaba… seguro que lo recuerda. Seguro que teviene bien recordarlo.