domingo, 14 de abril de 2013

Un Sancti-Petri de cada uno



He oído que se está preparando una exposición con las propuestas para el poblado de Sancti-Petri, fruto de un concurso de arquitectura que convocó el Ayuntamiento. Tres colegas arquitectos de fuera y yo, nos inscribimos juntos en aquel concurso de ideas, pero finalmente no fuimos capaces de presentar propuesta alguna. A veces pasa; el entorno pesa e influye demasiado; y, los espacios tan íntimamente vividos hacen que uno se sienta muy pequeñito, y algo incapaz. Supongo que le pasará lo mismo a los médicos o a los psicólogos, que no tratan a sus familiares como médicos, sino como familia, claro.
Sancti Petri es un lugar singular, desde la geografía, la historia, las ciencias naturales, la geología, la mitología, la antropología… Es el escenario ideal para eruditos y expertos de casi todas las materias. Pero para mí, Sancti Petri es sobre todo un recuerdo:
En mi calle, junto a la huerta, vivía Manolo el Mellizo que tenía un barco de pesca en el muelle de piedra. Tenía un barco y un hijo, mi amigo Manolito. Todas las tardes Manolo iba a Sancti-Petri por segunda vez, a revisar el barco y a preparar las artes para la mañana del día siguiente. El barco, al que llamaban el “Turutú” por su ruido, daba trabajo a unos pocos. Muchas tardes su hijo lo acompañaba, y algunas veces yo iba con ellos. Llegábamos a Sancti Petri en un Renault 4 azul, que se sabía de memoria los enormes baches del carril que conducía al muelle de piedra. Pegado a las casas estaba el bar flotante, que era un bote grande y  varado. El mostrador era la borda, y tenía la curvatura que tienen los botes, porque la botella de Fanta quedaba peligrosamente inclinada, y era mejor tenerla en la mano o beberse deprisa. Por delante, un sombrajo de cañizo, como los chiringuitos, un par de mesas plegables y algunas sillas.

Sobre el muelle (de piedra porque el muelle grande era otro) había siempre varios montones de redes y de bollas de colores, algunas, simples trozos de corcho con banderas hechas con un palito y un plástico rojo o blanco. Recuerdo el olor de los montones de algas secas en el suelo, que quedaban donde antes habían limpiado las redes. Delante, un paisaje impresionante, un parque natural, unos caños llenos de vida, las vistas… entonces era natural lo natural. No éramos ecologistas, esos pensamientos no eran del todo necesarios, todavía.
Los barcos en el muelle se veían más o menos, según la marea. Y era también la marea la que decidía por nosotros. Si los barcos quedaban muy por debajo del muelle, con la marea vacía; entonces, le pedíamos la patera a Geromo para cruzar el caño y mariscar perrillos. Geromo era un hombre mayor, con una boina negra, un cigarro en la boca y un quiste de grasa en la parte trasera del cuello, al que era difícil no mirar. Recomiendo la sensación de andar por el fango hasta casi la rodilla, y escarbar con las manos buscando perrillos solo con el tacto: Frio, suave, y con olor a Sancti-Petri.  Mariscar lo que es mariscar, creo que no, pero pasábamos la tarde.
La pleamar elevaba los barcos casi sobre el muelle, impedía mariscar y nos invitaba a explorar el poblado. Una vez vimos un grupo de soldados jugando a los pistoleros por las calles, como los niños pequeños, aunque ellos dirían que eran maniobras. Uno con una gorra diferente nos llamó la atención, y nos volvimos al muelle de piedra. Más tarde comprendí aquel conflicto, entre militares y pescadores. Pero casi siempre, Sancti-Petri estaba absolutamente vacío. Recuerdo los paneles blancos en las paredes del cine y la pantalla pintada en la pared, subir a la planta alta del Ayuntamiento, la fábrica de atunes, con una parte del suelo de hormigón ondulado, como una enorme tabla de lavar de madera. Recuerdo la iglesia, las casas, un par de ellas con las fachadas pintadas y con macetas colgadas. Recuerdo los árboles de las calles, algunas sin salida; recuerdo la sensación de estar en un sitio que había sido y que no era.
Buscando una imagen para acompañar estas palabras he encontrado ésta. Cada uno de nosotros tenemos un recuerdo diferente de Sancti-Petri. Algunos incluso recordarán el poblado en todo su esplendor, y otros solo habrán conocido los últimos años, después de las demoliciones. Os invito a sentaros en la silla de la fotografía, levantar la vista del diario unos segundos, y buscar Sancti Petri en vuestra memoria. Solo allí existe.

Salir por el centro



Me apetece evocar la movida y hacer un recorrido imaginario por el centro de Chiclana. Un sábado inventado de finales de mayo, entre los ochenta y noventa…

Habíamos quedado en el Carretero a las ocho pero la gente va llegando cuando le da la gana. Una cervecita o un vinito, un hola, un qué tal… alguien dice que nos esperan en el Sanatorio, y vamos. Puede que comamos una ración de algo. Todavía es temprano para ir a la plaza España; y no es mal sitito para hacer tiempo, una pieza de bodega, unas sillas de tijera, media de moscatel y unas cervecitas.

A las once, más o menos, bajamos por la calle sor Ángela de Cruz dirección a la Plaza. Me dicen que Juan Marcos vende litros de cubata en tarros de zumo, sin hielo ni nada, pero poca gente lo compra. Ya desde el puente grande vemos que la plaza está llena, los coches apenas pueden pasar… En frente del bar Madrid han puesto una escultura moderna. Tiene un wáter, y algo más que brilla… Están flipaos… Los del bar Madrid y los del Plató son los más modernos. Todavía es temprano para ellos, pero a partir de las doce se llenan. La semana pasada estaba en el bar Madrid Juan Echanove, que por lo visto es amigo del dueño, o conocido, no sé. Viene de vez en cuando. También dicen que han visto a Verónica Forqué.


Dejamos a la derecha el Madrid y el Plató. En la esquina izquierda está el bar la botica y subiendo por la calle Fierro, el Quinientas, el Bailongo y un poco más arriba el Rebufo que es de moteros. La plaza está llena de gente charlando y bebiendo. Los del bailongo han marcado el culo de los vasos de tubo con pintura de color rojo, con la idea de que cada recoge-vasos coja los suyos y no los de otro bar.  

Las copas son baratas, sobre todo en casa de Pepe el Quinientas que es donde entramos primero. Hay gente desde por la tarde, jugando al parchís. Pepe es un tipo entrañable, que es capaz de servir un rebujao a un sesentón, y luego un cubata a la gente joven por la noche. Quiere hablar con nosotros. Resulta que él compra al por mayor, por eso tiene buenos precios.  Le han ofrecido una partida de Wisky Willian Lawson, y nos pregunta si nos gusta, y si lo queremos. Vale, pero al mismo precio que el Dyc. ¡Eso es marketing y atención al cliente!

Unos recién incorporados que no han ido a la bodega tienen hambre. Les acompañamos por la calle Iro. El Ave Crazy, La Pajarita o Cachito pueden que estén todavía abiertos. Si no, no hay problema, el Burger 01 está abierto hasta las cuatro de la mañana. 

Nosotros ya hemos tapeado, luego nos veremos… Pasamos por la puerta del Pub Cristal, y del bar Hawai, que según me cuenta Jony, se llama así por la canción de Loquillo, esto no es Hawai. Vamos a la Presa, en la calle Iro, que es una antigua bodega convertida en bar de copas, con una barra en la entrada y una mesa de billar.

En la calle trasera, junto a la discoteca Opal, dos bares de ambiente. El New York, y sobre todo el Pub Lyo’s, que atraía a entendidos de toda la provincia y que no tenía nada que envidiar a un garito de capital: Pestañas postizas, tacones de plataforma, luces estroboscópicas y colores atrevidos. Demasiado para mí.

                ¡Quillo!, podemos ir al Papa Ganso o a la Cuesta, al lado del Cerro del trigo. No, es muy tarde. Bueno, pues al Madrid otra vez. ¿Vale?

                Ese verano comenzaríamos a salir por la primera pista de la playa. Montaron el Tiburón, la Alemana y el Cappochia. Luego muchos más en el Pinar de Don Jesús, en Costa Sancti Petri…

                El supermercado Nieves, del cubano, superó a Luis Marcos, vendiendo una botella de refresco, whisky, hielo y vasos. Siendo un supermercado, aprovechaba la terraza para organizar conciertos. Allí tocaron los Caducados, Los Ronckos, Dyc Torpe, Humildad y Paciencia y la Cruz entre otros. ( Algún día hablaremos del Rock de por aquí). Allí comenzó el botellón, porque las copas en la primera pista eran más caras que en el Quinientas, y porque los Sevillanos que veraneaban aquí ya estaban acostumbrados.

La playa ha competido con el centro de  Chiclana en muchos aspectos; y, el centro dejó de ser el centro en lo que se refiere a las salidas nocturnas.  Porque la gente va donde quiere, y salíamos en Chiclana porque había hosteleros que hacían muy bien su trabajo y que montaban bares cojonudos… a ver si ahora que no se gana un pastón con el ladrillo vuelve a merecer la pena abrir un bar. En el centro hay un montón de locales vacíos que se alquilan. Para todo el año y más barato que en la playa. 

Jeringuillas en el suelo



Cualquier tiempo pasado fue peor. Lo digo, porque revisando mis últimos escritos, he tenido la sensación de estar insinuando lo contrario, al dibujar una Chiclana reciente demasiado idílica. Nada más lejos de mi intención.
Esta semana se han publicado unas fotos de un presidente autonómico de paseo con un narco, una foto “ennarcada”; además, han puesto en la tele una peli, heroína, que trata de la lucha de unas madres gallegas contra el problema de las drogas durante los ochenta y noventa. También ha sido reelegido el presidente de los empresarios, y aunque no tenga nada que ver, me ha recordado a otra persona. Por todo ello, me apetece dedicar unos minutos a aquel asunto de las drogas, que por cierto,  hoy parece olvidado.
Chiclana, en la misma medida que los pueblos del entorno, sufrió la epidemia de la heroína. Las drogas han existido siempre: los medios litros de vino en El Rincón,  el porro o el botellón; pero, la heroína tuvo un impacto social mucho más evidente. En los ochenta algunos pasaron directamente del porro a la heroína. En los noventa, las agujas perdieron poder, y fue aumentando el consumo de cocaína, más discreta, más pija y más invisible.  Los “grifotas” no pasaban desapercibidos, como ocurre hoy. Por ello, porque se les veía, fueron marginados de un modo brutal y apartados completamente de la sociedad. En general, y sobre todo al principio, fueron considerados unos verdaderos apestados. El lenguaje, que somos todos y siempre indica actitudes, los llamó enganchados, grifotas, drogadictos… y cosas peores que no vienen al caso. Pero solo eran chavales y chavalas con un grave problema de salud, viviendo en una sociedad que no tenía preparada una respuesta ni un tratamiento adecuado para ellos.

En 1987 Juan Rodríguez Ballesteros, entonces estudiando medicina, y un grupo de padres y madres de afectados por aquella epidemia, entre otros, Manolo Sánchez, fundaron en Chiclana la asociación AFAAD. El Ayuntamiento les cedió las dependencias del antiguo matadero, seguramente porque era lo único que había. Unas instalaciones con un nombre poco apropiado y que ellos mismos tuvieron que acondicionar. La asociación consiguió, bonito verbo conseguir, modificar la respuesta que Chiclana daba a sus drogadictos, trabajando intensamente hasta su disolución en el año 2010.  Ayudaron a muchos, e hicieron el bien, sin paliativos: Escuela de familiares, consultas específicas, el único centro de rehabilitación que ha existido en Chiclana…
Muchas otras asociaciones, y muchas otras personas se han entregado en la lucha contra esta epidemia. Muchos luchan todavía. Otros muchos cayeron, enganchados o vencidos. Valla por escrito este recuerdo para todos ellos.
Se ponían en sitios concretos, agrupados, esperando. Siempre esperando. En la Calle del Molino antes Méndez Núñez, entre de la plaza mayor y JJ, había una casa vieja en ruinas, que siempre tenía la puerta rota. Y un bar en la esquina, y una acera para sentarse y unas caras flacas y unas miradas perdidas. Recuerdo pasar junto a ellos sin apenas mirarlos. Ya no están allí. El Chana, el Moro, el Cosme, el Colilla, el Quemao, Jacinto…  Y es que, si hacemos memoria, la heroína se llevó a buena parte de una generación. La sociedad de entonces se dedicó a criminalizarlos y apartarlos. Supongo que por miedo al contagio. Y solo los familiares de los afectados, la sociedad civil, fue abriendo camino para el cambio. Como siempre.
Puede que tengan ustedes algún recuerdo concreto, alguna cara, algún familiar que sufrió esta terrible enfermedad y la ignorancia de los sanos. Puestos a rememorar las cosas de nuestro pasado reciente para recuperarnos, como pretendo en esta sección, recordemos también aquel episodio olvidado. Que sirva este recuerdo como modesto y tardío homenaje.

domingo, 24 de marzo de 2013

Verano Azul



Es inevitable idealizar el pasado. En mi infancia, los veranos se pasaban en la playa. Algunos vecinos de mi calle alquilaban tres o cuatro casetas de madera, todas seguidas. (Antes, ser vecino era diferente). Las casetas estaban especializadas: una hacía de cocina y almacén, y en las otras se dormía. La vida se hacía fuera, lógicamente, y por la noche, cada pareja montaba su caseta de tela, a cierta distancia unas de otras: Suites nupciales hechas de telas de cuadros… No podía existir un chalet mejor; aunque por cierto, no recuerdo un cuarto de baño.
Era todo un universo lleno de personajes de verano: Un lotero que vendía cupones, diciendo que no te iba a tocar; el cobrador del canario, el rizo, que llenaba el autobús, (vamos pa’atrás, vamos pa’atrás…), el vendedor de sultanas de coco y huevo, que sigue todavía, pero con menos voz. (¡Sultanas de coco y huevo, oiga!)
Los niños íbamos de aventura en aventura. A las rocas, a coger cangrejos, al moral de la tercera pista, a las dunas…  pero el momento cumbre del día, el verdadero acontecimiento, era la pesca de la parpuja. Durante el día dejaban el barco cerca de nuestras casetas, en la arena. Al caer la tarde, los pescadores, con gorras y camisas anudadas en la barriga, hacían un pasillo con traviesas de madera hasta la orilla. Por la hendidura de las traviesas se deslizaba la quilla del bote cargado con las redes. Todos empujábamos y muchos acudían con un plástico en la mano.  El bote esperaba a una cierta distancia, y desde la orilla se observaba la superficie del agua, buscando brillos, gaviotas, o un cierto hervor mágico, que yo nunca fui capaz de ver a pesar de que me ponía junto al pescador más viejo y miraba al mismo sitio. ¡Por allí!, ¡Por allí!... ¿No lo ves?... Desde el bote se lanzaba hacia la orilla una boya atada a una cuerda, y uno de los pescadores se metía en el agua para sacarla, trayendo consigo un extremo del cerco. El bote iba largando red y se desplazaba  a remo, rodeando el banco de parpujas para encerrarlas en el copo. Una vez hecho el cerco remaba hasta la orilla a toda velocidad, trayendo el segundo extremo de la red.  Alguien coordinaba, hasta que los extremos estaban parejos, y el copo iba acercándose poco a poco a la orilla. Dos filas enormes de gente que tiraba con fuerza, todos a una. Supongo que los pescadores contaban de antemano con que la gente ayudaría a sacar el copo, de otro modo habría sido imposible.  El final era increíble. Un milagro. Uno de los pescadores se metía en el copo lleno de parpujas hasta las rodillas. La gente formaba un corro y sostenían la red; otros cogían los peces que se escapaban en cubitos o en plásticos.  La pesca se metía en cajas; pero, una parte se vendía sobre la misma arena, a puñados. Muchas veces las parpujas eran nuestra cena, fritas inmediatamente y formando manojos… Hasta hoy, nunca he visto un espectáculo mejor.
Otro lugar de referencia en la playa de entonces eran los chiringuitos. Quintos de cerveza y Fantas con cañita sobre mostradores de chapa con publicidad de Cruzcampo. Techos de cañizo, suelos de zahorra y las mismas sillas de madera que en las casetas de feria… Tenían bebidas fresquitas, patatas fritas de paquete y algunas tapas; aunque la gente solía traer la comida de casa, para gastar menos. Los chiringuitos eran y son un punto de encuentro y un lugar de referencia en la playa. Sobre la arena, con pocos medios, ellos fueron los primeros empresarios del sector turístico en Chiclana. Fueron los pioneros, y algunos de ellos continúan a través de sus hijos. Se han reciclado varias veces, como todos nosotros, invirtiendo su esfuerzo y su dinero. Los chiringuitos se han adaptado a la ley de costas y a las nuevas exigencias, cada año, del ayuntamiento, de leyes sanitarias y del mercado. Cocinas industriales alicatadas hasta el techo, cámaras frigoríficas,   lavamanos de pedal… y diseños de madera estilo Cancún.
                Hace unos días se han subastado los chiringuitos para los próximos años; muchos hosteleros de fuera, incluso extranjeros, están muy interesados, y puede que desplacen a los actuales adjudicatarios. Al parecer se valora sobre todo la oferta económica y no la experiencia. Puedo estar equivocado, pero creo que en general, cometemos un error. No debemos idealizar el pasado porque es bueno e inevitable evolucionar,  pero cuidado con despreciarlo y reducirlo todo a una simple cuestión de dinero. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Si no estudias, serás basurero



En “los Agustinos”, en plena transición, éramos felices y cuarenta por clase. Un par de semanas después de que se tomara esta foto, un guardia civil entró en el congreso y gritó su ya famoso “todo el mundo al suelo”. En Chiclana un par de vecinos armados con escopetas de caza y que añoraban el pasado, se personaron en el cuartel de la Guardia Civil, animados por el golpe, poniéndose a disposición del comandante de puesto, para lo que hiciera falta. El guardia civil, con gran sentido común, los mando a casa. Al día siguiente no hubo clase, y recuerdo que en la tele pusieron una película de un lechero-boxeador.




Los maestros eran curas, aunque ya empezaban a dar clases maestros y maestras normales, como nosotros decíamos. Hoy soy consciente de que las condiciones del colegio no eran las mejores: El patio estaba comunicado por una ventana con el calabozo municipal. Nosotros le decíamos la cárcel. Habían colocado entre las dos rejas de la ventana una tela metálica de gallinero muy tupida, de agujeros del grosor de un cigarrillo. Los presos solo querían conversación. Supongo que para ellos, ver el recreo desde la ventana sin poder salir, era un verdadero castigo. Como cuando nos castigaban a nosotros. Por cierto, en mi colegio, a veces, pegaban. En las clases había una clarísima segregación: Los listos, unos pocos que siempre sacaban buenas notas; los torpes y los normales. Ya en séptimo y octavo aparecieron  los gamberros, normalmente repetidores, que recordarían mejor que los demás la malla de gallinero de la ventana del patio…  Hoy no quiero trasladar ningún panorama desolador. Éramos felices, y aquel colegio, a la mayoría de nosotros, nos enseñó mucho y bien.

Pero, mi generación fue educada por un sistema esquizofrénico, en el que coexistían dos Españas con valores irreconciliables, pero que trataban de construir una convivencia pacífica. Hoy pienso que el éxito de nuestra transición se fundamentó en no decir ni hacer demasiado.  En el colegio, por supuesto, no se trataban estos asuntos, solo en el bachillerato, casi diez años después y muy tímidamente. Como decía, hemos sido una generación anestesiada. Nuestros padres lo habían pasado mal, mucho peor que nosotros, pero callaban. Nos educaron en unos valores entonces irreales y teóricos; uno valores a los que la sociedad aspiraba, pero que a nosotros se nos trasmitieron como si nuestra democracia tuviese doscientos años, y estuviese consolidada. Cuando recuerdo la inocencia de Heidi y Marco, barrio sésamo, la gallina Caponata y el gallo Quiriko… me viene a la memoria una frase de un cura de entonces: Si no estudias, serás basurero. Esta sentencia resume un mensaje que todos creímos a pie juntillas, y que ha influido muy negativamente en los que nacimos en los setenta. En primer lugar, porque ahora sabemos que ser basurero no es ningún fracaso personal ni ninguna deshonra. Por supuesto.  Además, ¿Porqué no basurera? Y final  y desgraciadamente, con el tiempo pudimos comprobar que no solo bastaba con estudiar.  También hacía falta tener padrinos, ser hijo de, o que puedan ayudarte un poquito… pero de esto no se hablaba. Se dio por sabido.

En medio de la actual situación económica y crisis de valores, los niños de nueve años de hoy también sonríen. Hemos vivido en nuestra historia muchas caídas y resurgimientos. Esta vez es distinto. Creo que por primera vez, en esta crisis, los hijos lo tienen más difícil que sus padres. Por eso espero que en esta nueva y necesaria transición, no nos quedemos cortos otra vez, ni tratemos a los jóvenes como a imbéciles. 

sábado, 9 de marzo de 2013

Chiclana. Memoria reciente.


La Memoria Reciente

Comienza hoy mi modesta colaboración en el diario, deseando que éste artículo sea el primero de muchos. Quiero dar un cariñoso abrazo a mi predecesor en este espacio, a Pepe Mier. Me gustaría ser capaz de imitar la calidad de sus artículos, su amor por Chiclana y otras facetas de su vida, que se me antojan ejemplares. Es un honor.

Aunque no tengo experiencia en estos menesteres, la intuición me dice que es conveniente hacer una presentación de estasección, Chiclana, memoria reciente. Con una mirada social y no necesariamente actual, pretendo recordar vivencias eminentemente chiclaneras. Me gustaría compartir con ustedes mi particular MEMORIA DE CHICLANA.

La memoria admite varias clasificaciones, y según la antigüedad de lo recordado, podemos hablar de memoria inmediata, reciente o remota. La MEMORIA INMEDIATA se centra en la vida cotidiana y nos permite conocer el hoy mismo, de una manera fugaz, insustancial diría yo. Es una memoria operativa, necesaria, pero poco trascendente. En cualquier ciudad, la actualidad ocupa casi todo el espacio. Puede que estemos excesivamente centrados en lo actual, dando vueltas a lo mismo, sin ser capaces de ver un poco más allá. No escribiré sobre la actualidad ni entraré en polémicas de moda. Al memos no directamente.

Al contrario, la MEMORIA REMOTA, o memoria histórica, es la encargada de recordar, clasificar y hacernos aprender de las experiencias más antiguas. Recuerda y estudia con gran detalle hechos históricos en detrimento de recuerdos más recientes. Tanto los historiadores como los viejos, y sobre todo los historiadores viejos, saben que la memoria puede sertambién, en cierta medida, un género de ficción. Rememorar o revivir, es también reinventar. Por eso, es imprescindible tener acceso a muchas versiones de nuestra Historia. En Chiclana se ha potenciado en los últimos años, creo que acertadamente, la investigación y difusión de nuestro pasado. Yo por mi parte, dejaré la historia para los historiadores, y salvo alguna excepción, este espacio se centrará en nuestra MEMORIA MÁS RECIENTE. Puedo estar equivocado, pero creo que nos ocupamos poco de revisar nuestros últimos treinta años.

Nací en Chiclana en 1972, durante el baby boom de los 70. Cuando tenía nueve años, en 1981, y según el INE, en Chiclana vivían 36.203 personas; en 2012, 82.565. Esta explosión demográfica ha sido causa y consecuencia de un profundo cambio de modelo de ciudad (si es que alguna vez tuvimos un modelo). Veinte mil Chiclaneros no han conocido la Chiclana delaño 2000. Y cuarenta mil de nosotros no puede contribuir a nuestra memoria colectiva, sencillamente porque no estaban aquí hace un par de décadas.

Pretendo compartir algunos de mis recuerdos con aquellos chiclaneros y chiclaneras que no conocieron Chiclana en las décadas de los ochenta y noventa. Será mi versión, quiero ser sincero. Como dije antes, pienso que la memoria es también una manera de inventar. Espero esbozar un retrato honesto de la sociedad local. Espero la complicidad de quienes recuerden las salidas en la Plaza de España, en los bares Madrid, Rebufo o el Quinientas; espero un guiño de los que estaban todo el día en el poli, en equipos sin equipaciones; espero recordar las casetas de madera en la playa, cómo eran los colegios, el instituto, la vida sin ordenadores pero con clases de mecanografía, los juegos en la calle… espero sobre todo,recordar lo que éramos y lo que soñábamos antes de esta última fase de ladrillo-dependencia. Puede que tengamos que retomar los planteamientos de entonces.

Chiclana está inmersa en un período de profunda desorientación. Los años anteriores a la crisis trajeron ingentes cantidades de dinero, que parece haber desaparecido tan rápido como vino. Lo cierto, si somos auto-críticos, es que esta riqueza pasajera no ha sido aprovechada para construir un proyecto colectivo sostenible para las generaciones siguientes. Como nos recuerda Pepe Mier, Chiclana parece reinventarse con cada generación, que construye, desarrolla y agota cada vez, un nuevo y efímero modelo económico. La vocación de Chiclana está otra vez por redefinir. Una vez más en nuestra historia estamos en una profunda depresión tras un período de esplendor. Y de nuevo, toda una generación tiene que reinventarse. Para esto, no puede ser malo recordar quienes somos y de lo que somos capaces. Debemos tomar conciencia de los cambios a mejor que hemos propiciado en los últimos años, y también de lo que hemos perdido. Propongo que dediquemos unos minutos a la semana a evocar juntos nuestra MEMORIA RECIENTE.