lunes, 18 de noviembre de 2013

Mi calle


En la escuela de arquitectura, con veinte años, un día me acordé de mi calle. Un catedrático de postín nos impartió una clase magistral, que así se llama, sobre morfología urbana; y, con un lenguaje forzadamente complicado que todavía no entiendo del todo (creo que nadie lo entiende), nos explicaba lo que era un suburbio: Calles en trama perpendicular, estrechas, de cinco o seis metros, y  parcelas de diez por diez, en las que cada cual se autoconstruye su casa, como puede. Implantación en las afueras, en zonas bajas, a veces inundables, con pocos espacios verdes y casi ningún equipamiento social.  Vaya, el hombre se despachó a gusto. Peor, no lo podía poner…
                ¡Mi Calle!, pensé yo. Mi calle está en un suburbio.
                Yo nací y me crié en Nuestro Padre Jesús. Cuando era pequeño, y me preguntaban dónde estaba aquello, yo siempre decía que en el camino del cementerio. En la soledad. En Chiclana, y en muchos pueblos de Andalucía, de los que aquel catedrático sevillano nunca había tenido noticia, eran normales las barriadas de este tipo. Y créanme, no estaban tan mal. Aquel día descubrí que a veces, los catedráticos no tienen ni idea de lo que hablan, y que como los demás, repiten estereotipos. Cuanto más profundizaba en la descripción de los suburbios, y sentenciaba cómo funcionaban, qué tipos de problemas urbanos se daban, qué carencias sociales existían… cuanto más negro lo pintaba el anciano profesor, más me daba yo cuenta de que no tenía ni idea. Porque, él no había vivido lo que hablaba, y yo sí:
                En mi calle no había casas autoconstruidas, sino casas hechas al gusto de cada uno. No había boquetes, sino hoyos para jugar a las bolas; y no había problemas sociales, sino los problemas de cada uno, que se comentaban abiertamente, como si casi todos fuésemos familia.
                Las puertas de las casas solían estar abiertas, y siempre había una copia de las llaves en casa de alguna vecina. Recuerdo que si llegaba del colegio por la tarde y no había nadie en mi casa, podía coger la llave que estaba colgada en la casapuerta de Manuela, o entrar por casa de mi vecina Loli, y saltar de una a otra azotea. Era normal que las vecinas tomaran café juntas en la cocina de una de ellas; era normal que a media mañana, mi vecina Isabel entrara para comentar a mi madre alguna cosa, mientras pelaba una patata que traía en la mano, y se echaba las mondas en bolsillo del delantal. Era normal que si la hora de comer nos sorprendía en casa de una vecina, nos pusiera un plato de comida como a un hijo más.
                Definitivamente aquel catedrático no tenía ni idea. Aquello era mucho más complejo y más rico de lo que él creía. Bueno, en algunas cosas tenía razón. Zonas verdes no había. Nosotros jugábamos en la huerta de había al lado. E íbamos de expedición al rio, o al pinar prohibido, o a coger moras al árbol que había en la fuente, o a la cantera, o al pozo Piñero.  Se iba mucho la luz, como hoy viernes, y casi nadie tenía teléfono. Pero podíamos dar el teléfono de  Inés. Durante años, mi padre, que trabajaba fuera de lunes a viernes, llamaba todas las tardes a casa de Inés. Inés venía a nuestra puerta, y nos avisaba. Entrábamos en su salón, todos los días, a hablar por teléfono. Ellos seguían cenando, como si tal cosa, y nunca se quejaron, al contrario.  No teníamos teléfono, pero teníamos vecinos… Después las hijas de Manuela recibirían las llamadas en mi casa, durante las milis de sus novios.
                Era normal pedir un vaso de azúcar, o de harina. Recuerdo perfectamente la tarta de zanahoria que hacía Manuela. Era normal dejar a tu hijo con una vecina si tenías que salir. Era normal ayudarse; y también criticarse y enfadarse, supongo. En aquel suburbio chiclanero, igual que en otras calles de Chiclana, había algo que ha desaparecido. No sé qué es. Pero ya no está. Ya no lo veo.
                ¿Y qué me dicen de las noches de verano? Los vecinos sacaban las sillas a la puerta para tomar la fresquita. Yo me sentaba al lado de mi vecino Salvador, que leía una novela del oeste de Marcial Lafuente; o junto a mi vecino Juan, del PCE, que a veces hablaba de política, y que tenía en su casa un cuarto lleno de propaganda, en el que había reuniones.
Me encantaba sentarme con los mayores y escuchar sus conversaciones. Yo era un niño muy curioso y algo entrometido. Me gusta pensar que sigo siéndolo, niño y curioso.
Ahora, veinte años después de aquella clase magistral, y de aquellas palabras rebuscadas del catedrático, estoy todavía más convencido de que se equivocaba. Y de que aunque haya estudiado o leído o viajado un poco; y por más que me esfuerce en buscar, si me paro un poco, y pienso, descubro que soy muy poco más de lo que era entonces. Descubro que soy todavía un niño entrometido sentado a la fresquita, en el escalón de la puerta de su casa.

Difuntos y Tosantos


La fiesta de los difuntos y de los “tosantos” siempre tuvo un importante arraigo en Chiclana. Se compraban los tosantos: castañas, nueves, membrillos… eran días de compota, con clavo, con canela en rama… eran días de flores. Pero sobre todo, durante estas fechas, se recordaba de un modo especial a los que murieron y se les rendía visita en el cementerio.
La otra noche, pude ver por la calle, un grupito de niños disfrazados de brujas y fantasmas, acompañados de algunos padres, llamando a las puertas del vecindario… ¿Truco o trato?, ¿Truco o trato?, le dijeron a una agradable señora que abrió la puerta. Ella, con cara de no tener ni idea, pero con una sonrisa, le dijo a uno de los padres, ¿esto qué es titi?, ¿Carnaval?... No, no, señora… las cosas de los niños…Y de los padres, añadiría yo.
Es increíble con qué facilidad cambian las costumbres pasajeras y las modas; pero, más increíble todavía es lo fácil que parecen olvidarse tradiciones mucho más arraigadas, y de profundo significado. Porque, la fiesta de Halloween, de origen Irlandés, y sobre todo, fiesta americana, del norte, no tiene nada que ver con nosotros.
No tengo nada en contra de las nuevas tradiciones; allá cada cual. Pero, sí me jode un poco ver cómo se desdibujan algunas de nuestras señas de identidad, simplemente cambiándolas por otras que nos son ajenas. Sobre todo, aquellas tradiciones que tienen tanto que ver con la vida y con la muerte, que no dejan de ser lo mismo.
Me crié relativamente cerca del cementerio, y recuerdo haberlo visitado con cierta frecuencia. Cuando se acercaba la fiesta de los tosantos, las mujeres adecentaban los nichos de sus familiares, los limpiaban y encalaban. Iban solas, o en grupitos, madres e hijas, y llevaban un cubo con utensilios para  la limpieza y el encalijo. Había por allí una escalera…
Las lápidas se limpiaban a conciencia, con esmero; y se daba un repaso a las de otros familiares.  Algunas mujeres se imponían de un año para otro, limpiar el nicho de alguien ajeno; sabiendo que no tenía parientes, o que tenía parientes sin memoria, que es peor.
Como las que fregaban cualquier otra cosa, aquellas mujeres frotaban el mármol con fuerza, y cogían otro cubo de agua para enjuagar, limpiando sobre limpio. Luego encalaban los bordes del nicho, fregaban el recipiente de las flores, y ponían flores nuevas. Cuando terminaban, a solas, miraban un ratito la lápida, en silencio, tocándola con la palma de la mano abierta… yo lo veía todo desde la esquina de la calle con los ojos de un niño, y comprendía que aquello era un abrazo.
Un tal Fidel, que tenía una especie de invernadero en el Camino del Cementerio, entre Canicén y el Pinar Prohibido, montaba un tenderete de flores en la puerta del campo santo. En grandes espuertas de goma negra, como las que se usaban por último para vendimiar, se acumulaban ramos y ramos de claveles, rosas… pensamientos…
Antes todos sabían dónde reposaban los restos de sus seres queridos, y las calles del cementerio se conocían…
¿Dónde está tu madre?, le preguntaba una vecina a otra… En la calle de las muchachas del accidente… ¡Ah!, la penúltima a la derecha, ¿No?... Si, en la primera fila…
La primera fila está muy bien ¿Verdad?... Yo prefiero la segunda, porque la primera se ensucia mucho… y arriba no se llega sin escalera.
Todavía parece que escucho, como un niño curioso, hablar del cementerio con semejante naturalidad. Me sorprendo todavía recordando opiniones sobre la mejor ubicación de los nichos, y recuerdo los cuatro o cinco nichos seguidos de aquellas muchachas que murieron en un accidente, con sus caras fotografiadas en las lápidas de mármol, todas del mismo color, todas con la misma letra, con la misma fecha. Todavía lo recuerdo, a pesar de que hace años que no voy por allí.
Hablo, claro está, del cementerio San Juan Bautista, el cementerio viejo para la gente de mi generación. Porque, los que son mayores, situarán el cementerio viejo en el Castillo. El mancomunado, claro está, no existía todavía.
Entonces la gente solía morir en sus casas, y allí eran los velatorios. Las mujeres dentro, y los hombres en la puerta, fumando, y quitándose la gorra para entrar, mostrando la cabeza blanca. La misa se celebraba en la iglesia correspondiente, que tocaba a muerto con el toque lento, propio de difunto. Hace tiempo que no escucho la campana, y que los funerales se celebran en la Victoria.
Por  tosantos, el cementerio relucía en todo su esplendor; el suelo de zahorra, recién regado, sin ninguna brizna de hierba; los nichos limpios, vestidos con flores nuevas, con nuevos propósitos;  la gente paseando, arreglada, en respetuoso silencio, se detienen frente a las tumbas de sus familiares… Las tumbas, los panteones… los cipreses.
Hoy el día invita a dar un paseo. El cementerio estará acicalado y los nichos tendrán flores nuevas.
Quizás no sería un mal plan visitar a nuestros difuntos y llevar a los niños que disfrutaron pidiendo caramelo disfrazados de brujas y momias. No es mal sitio. Quizás no sería mala idea buscar, con los niños, las lápidas de nuestros antepasados; y arreglarlas un poco… y poner unos segundos la palma de la mano sobre el mármol, cuando nadie nos vea.

Chiclaneros de Cantabria


La implantación de montañeses, emigrantes de Cantabria, en la Bahía gaditana, ha sido muy comentada por historiadores y estudiosos.  La capacidad de acogida de la bahía de Cádiz, y sobre todo de la ciudad de Cádiz, está muy relacionada con su papel de puerto redistribuidor de productos coloniales y ultramarinos. Esta pujanza comercial, interrumpida por el bloqueo del puerto por los británicos en 1798, por la posterior invasión francesa y por la emancipación de las colonias de ultramar, se reanudaría y liberalizaría después, en la época Isabelina.
Ya en 1878 la compañía naviera de Vapores y Correos A. López contaba con trece barcos para sus líneas de Santander y Cádiz a Cuba y Puerto Rico.
Muchos montañeses, sobre todo habitantes de pequeñísimas poblaciones encajadas en los altos valles cántabros, con poco porvenir en sus tierras divididas en pequeñísimas parcelas ya ocupadas, venían a Cádiz. Soñaban con América, y muchos de ellos se conformaron con hacer las américas en tierras andaluzas. Otros, de regreso del otro continente, se instalaban junto a nosotros entendiendo que tenían más porvenir en nuestra tierra que en la montaña.
Los montañeses fueron monopolizando el comercio de comestibles y bebidas, montando tabernas y almacenes de ultramarinos. Su modo de implantación, su manera de crecer y prosperar, solía seguir un patrón:
Cuando a un montañés le iba bien en su negocio, y necesitaba ayuda, escribía a su pueblo y se traía a alguien de la familia. El Chicuco comenzaba en la tienda como ayudante. Vivía en la tienda, comía y dormía en la tienda. Los establecimientos solo se cerraban para dormir, y los domingos por la tarde.  Trabajaban como chinos.
Con el tiempo, con los años, el chicuco iba progresando y se convertía en encargado. Después, podía ocurrir, que el dueño, el montañés principal, le cediera la tienda o montara otra tienda a medias. Un socio capitalista y un socio trabajador, al cincuenta por ciento de beneficios.
Una vez que al segundo montañés le iba bien, y necesitaba ayuda, volvía a escribir y a pedir que viniera algún familiar o vecino de su aldea, que comenzaba de nuevo de chicuco, como un círculo sin fin. De este modo, los montañeses  se instalaron junto a nosotros generación a generación. Es difícil entender algunos aspectos de nuestra historia reciente sin tener en cuenta a los chiclaneros de Cantabria.
Centrémonos en la Chiclana de los sesenta y setenta. En los comercios de Luis Marcos Campuzado, o de de Santos Díaz Sieza. Ambos viven todavía. Imaginemos una tienda de ultramarinos de entonces…
El mostrador de madera, con infinitas huellas y arañazos de monedas, de latas y de cajas que se han arrastrado por encima. El género bien ordenado en estanterías antiguas, sacos de arpillera y grandes latas de pimiento molido, con el dibujo de una flamenca desgastado. Carne membrillo, chocolates, detergentes… un bidón lleno de aceite y una maquinilla capaz de bombear la cantidad justa, a cada vuelta de la manivela.  sobre el mostrador unas cajas de mariposas de la marca Virgen de la Milagrosa, unas tiras de papel pegajoso que se utilizan para atrapar moscas, y unas latas destapadas llenas de polvos de colores, con un cazo medio hundido que se utilizaba para servirla. A la derecha el bicarbonato, la sosa y el añil. A la izquierda Achicoria y Malta, para rebujarlo con el café que están en una lata tapada justo al lado.
Casi en el centro del mostrador la báscula de doble platillo, de cobre, muy desgastados y golpeados; con sus pesas respectivas. Hoy son las pesas buenas. Se ha corrido el rumor de que viene el inspector de pesas y medidas. Las de kilo que pesan novecientos cincuenta gramos están guardadas. No habrá problemas. El funcionario inspector de pesas y medidas también es representante de una casa de pimentón. Le vamos a pedir dos sacos de cincuenta quilos.
En medio de todo aquello, conocedor de hasta el último producto, está el montañés; con un lápiz en la oreja, con ganas de ganar dinero, pero sobre todo con ganas de trabajar y con toda la paciencia del mundo…  Sabe mirar por el céntimo, sabe  cuántos cerillos o mariposas hay en cada caja. Quizás llene una caja vacía cogiendo una mariposa de cada una de las cajas llenas…
En el centro del mostrador, por dentro, hay dos cajones. Uno es la caja, de la que entran y salen las monedas contadas. Lo billetes, al bolsillo. En el otro cajón hay una libreta. La libreta de los fiaos…
En Chiclana era habitual que  en una tienda fiaran a una familia durante todo un año, a la espera de la cosecha de la uva. Cuando se cobraba la uva, se saldaba la cuenta… si la cosecha era buena; si no, se dejaba parte para el año siguiente. El abuelo de mi mujer, cuando cobraba la uva y liquidaba con el montañés, una vez al año, compraba una lata pequeña de carne de membrillo. Aquello era toda una fiesta. Todavía habrá alguna lata por ahí, quizás en un cajón, quizás llena de fotografías.
Montar una tienda a medias con otro, dar fiao a su clientela durante todo un año, y llevar ordenada y honradamente las cuentas en la libreta, definen a mi juicio, una personalidad y una manera de ser. La honradez y la enorme capacidad y constancia en el trabajo, definen a nuestros montañeses. Ellos nos trajeron de la montaña su carácter severo y constante, su tenacidad y su paciencia. 
Varias generaciones después, los hijos y nietos de estos primeros montañeses, Calixto, Manolo, Luis, Ana María… pueden seguir presumiendo de su carácter y de sus orígenes, un carácter algo diferente quizás, pero recto y trabajador. Como buenos montañeses.
Ellos siguen haciéndonos mejores, como lo hicieron sus antepasados.

De cine


El cine es un buen lugar para matar la tarde del domingo. En general, el cine es un buen ejemplo de que una ruina bien administrada dura toda la vida. Porque, desde que tengo uso de razón, el cine está en crisis. Que si los videos, que si la televisión, que si internet… siempre habrá un motivo para no ir. Pero, el que disfruta del cine de verdad, el que ha tenido esa suerte, sabe que no hay nada como ver una película en una sala. Sobre todo en una sala de hoy en día; porque, antes era otra cosa…
                El cine moderno estaba en el solar donde hoy está el teatro, y la estatua de Dionisio Montero, que tiene mucho que ver con el teatro y con la cultura en Chiclana, dicho sea de paso. Antes los cines tenían una sala, y una película, y era lo que había. Durante mucho tiempo, en los setenta y ochenta, el cine era una de las pocas formas de ocio que teníamos. Las parejas iban juntas, algunos a las dos sesiones seguidas. Quizás para ver la película, quizás para pasar la tarde, quizás para buscarse en la oscuridad… La butacas, abatibles y apretadas, solo un poco más cómodas que el tendido de una plaza de toros, que ya es decir. El cine moderno tenía un pequeño escenario bajo la pantalla, y dos pisos. La fila de la mitad, la primera de la parte de arriba, era la primera que se llenaba. Se podía fumar y se fumaba. Se comían pipas, se hacían comentarios… y la película se interrumpía a la mitad, en medio de la acción, como si se fuese la luz, para que los espectadores fuesen al servicio, pero sobre todo, para que hiciesen un poco de gasto en el ambigú; un mostrador destartalado, con cuatro quintos de cerveza, algún refresco, paquetes de patatas fritas de la bandera y algunas chucherías.
Las películas se anunciaban sobre algunas esquinas blancas, encaladas, en sitios que todos conocíamos, con un cartel pegado con cola. Pero, en la parte izquierda de la fachada de la plaza, la plaza de abastos de antes, había un marco de hierro, con el fondo de madera, algo estropeado, donde se enseñaba el cartel de la película. Yo lo miraba todos los días, haciendo una pequeña paradita en el camino del colegio, y la imagen de la película me acompañaba de la plaza a los agustinos… unas veces imágenes del espacio, otras de vaqueros… y yo iba al colegio con ET o con el robot de la guerra de las galaxias.
El cine Bailén era algo más moderno que el moderno. O por lo menos así lo recuerdo. Y más grande. Todavía está el local tal cual, supongo que sin las butacas… No les gustará a los vecinos de los pisos de arriba; pero, no es mal sitio para montar algo que tenga que ver con la cultura…
El cine de verano, que se imita ahora con las proyecciones en la playa, o en las plazas del centro, era otra cosa. Sé por mis mayores, que había uno también en la calle Bailén, muy cerca de la iglesia del Santo Cristo… Aquello había sido una bodega, y la sede del sindicato de viticultores del padre Salado, que había montado un colegio cuyo lema era pan para pan, todo para todos… En la calle Iro montaron algunos años seguidos otro cine de verano en una pieza de bodega. No sabría localizarlo, porque aquello ha cambiado. Recuerdo que vi allí, una película de los Hobres G, sufre mamón, devuélveme a mi chica…
El cine que veíamos era americano casi siempre. Las películas españolas, al principio, o eran de niños que cantaban como los ángeles, o más tarde, de tetas. De mayor descubrí que también habían películas españolas buenas… que supongo que pondrían en las capitales, donde tenían más sitios para pegar carteles, y había más cines, y más gente y más de todo.
En esta serie de artículos tiro de memoria y recuerdos. Pero, para recordar cómo era la Chiclana de los ochenta, podemos recurrir al cine. En 1987, desembarcaron en Chiclana Manuel Iborra, Verónica Forqué y Antonio Resines, entre otros. Se rodó en Chiclana, con la intervención protagonista de niños chiclaneros la película Caín… En un pueblo remoto de Andalucía, Chiclana, vive Don Cuco, un joven profesor viudo, que se encarga del curso 5º R, donde están todos los repetidores y vagos del pueblo. Entre ellos está Caín, un niño que vive en su propio mundo, interesado solo por los animales… La película es tan de verdad, es tan espontanea, que tuvo problemas con las distribuidores, que propusieron al director que subtitulara a los niños, porque hablando en chiclanero, en las capitales no se les entendía...
Si se trata de recordar la Chiclana reciente, os propongo que esta tarde, sin que sirva de precedente, en vez de ir al cine veamos Caín, y recordemos juntos lo que éramos. Está en youtube, buscando con Cain Manuel Iborra. Se ve bien, y seguro que la mayoría de nosotros entenderemos a los niños, por muy rápido y por muy en chiclanero que hablen.
Otro día iremos al cine, preferentemente entre semana, que es más barato, y la cosa está muy mala.

... Un campito en Chiclana


¿Tú eres de Chiclana?, le dije a un colega que acababa de conocer. No, yo vivo en Cádiz, pero mi padre tenía un campito en Chiclana.
                En alguna medida, mi reciente colega se considera chiclanero. Me contó que de niño pasaba los veranos y muchos fines de semana en su campo, en el Pago del Humo. Descubrimos que compartíamos recuerdos de infancia, aunque no nos conocíamos. De aquella agradable conversación surgen estas líneas…
                Chiclana ha sido desde siempre un pueblo que ha tenido que apañárselas solo. Sin ejército, administración o industria, nuestro único capital siempre fue la necesidad, de la que hemos tenido la capacidad de hacer virtud.  Antiguamente, obligados por esta necesidad, había que tener un trozo de tierra, para completar con el producto de ésta lo poco que se ganaba. Mi amigo Pepe Mier lo dice muy bien, cuando evoca que entonces, en Chiclana se echaba la peoná y el rato. Es decir, se iba a trabajar a sueldo a las tierras de otro, por cuenta ajena; y luego, robándole horas al día, se echaba el rato en lo de uno.  El afán de cualquiera era poder dejar en herencia un trozo de tierra a cada hijo. Era lo que había.
                Más modernamente, cuando los sueldos se fueron dignificando, en el campo de cada uno se sembraba pero también se disfrutaba. Trabajadores de Astilleros y otras grandes empresas de la bahía, muchos de ellos venidos de la sierra o de la Janda, y que no terminaban de adaptarse a vivir en un piso en Cádiz, se compraron un campito en Chiclana.
                A principios de los setenta se parcelan muchas tierras, ya históricamente muy divididas; en el pago del humo, en el marquesado o en el sotillo. Comprarse una parcelita vacía era asequible para una clase trabajadora con un sueldo estable, y que aspiraba a mejorar. Aunque esto es mucho más antiguo, creo que en estos años toma fuerza el papel de Chiclana como municipio de veraneo o de segunda residencia en la bahía.
                Y digo residencia, porque los campitos fueron evolucionando. Tanto, que ahora se llaman chalés.
 Entonces, se comenzaba con un cuarto para los tiestos. Junto a la hilera de tomates y pimientos manchados de azufre, junto al cortinar o entre los ciruelos y la higuera, se levantaban cuatro paredes  y un techo, que servían también como “paraero”. No hacía falta más. Se iba a casa de López, de Vipren o de Román, y te daban los materiales fiaos, avalados solamente la confianza, que no es poco. Se asumía el riesgo de vender fiado, y el trabajo de cobrar poco a poco; y de este modo, además de ganar dinero, lógico, ayudaron a muchos.  Para levantar el cuarto siempre había gente. En fines de semana, amigos y familiares se ayudaban, gracias a otra buena cualidad de los chiclaneros: el hoy por ti y mañana por mí.
                Por este método autárquico, dentro de una ilegalidad leve y consentida socialmente, ha sido construida la mayor parte de la superficie de Chiclana. Muchas zonas se han legalizado, y se han dotado de servicios en las últimas décadas: Casi toda la playa, mogarizas, las rapaces… Otra gran parte, se ha pretendido regularizar recientemente mediante el Plan A, el Plan Anulado; y, hora se dice que habrá un Plan B. Aunque la verdad, los que tienen que decidir no deciden, o lo que es peor, prefieren ocuparse de otras cosas.
                La ley del suelo Andaluza de 2003, se equivocó al decir que en Andalucía no había casas en el campo. Porque, a diferencia de la ley anterior, que permitía construcciones de viviendas en Suelo no Urbanizable, se prefirió creer que bastaba con prohibir, para que desapareciera una costumbre y una tradición muy arraigada en toda Andalucía. No debe enfrentarse la ley a la costumbre de un modo tan pueril. Solo se generarán conflictos y situaciones difíciles de gestionar.
                La Junta de Andalucía parece rectificar. Porque teniendo una ley del suelo que no permite las viviendas en el campo, ha creado otra ley para regular la dotación de servicios básicos a estas viviendas que no existen. Esto podría calificarse como una actitud un poco esquizofrénica, Pero creo firmemente que la nueva ley está bien, y que permitiría, si los Ayuntamientos hacen su parte, desbloquear problemas de abastecimiento de servicios básicos a muchas personas que no los tienen. Esta es una cuestión diferente y más urgente que la política territorial. Aunque debemos asumir que nos hemos cargado gran parte de nuestro territorio, sobre todo en el litoral.
                En cualquier caso, la verdad es que ya apenas existen campitos: donde estaban sembrados los tomates y los pimientos, alguien puso césped, u hormigón impreso. Donde estaba la higuera, que ocupaba mucho sitio, alguien hizo una barbacoa. Donde había una manguera para regar y refrescarse, o un pilón, ahora hay una piscina. Y  donde había un cuartito y un paraero, hay un chalé con tejitas.
Y lo que es más importante, donde había una persona que iba al campo sabiendo que iba al campo; donde había una persona que se conformaba con un cuartito junto a sus tomates; ahora hay un ciudadano, hipotecado hasta las cejas, que exige servicios públicos básicos como los demás. Y tiene razón.
               





Qué edad más tonta

Cuando las hormonas comienzan a hacer de las suyas, cuando cambia la voz, o se ensanchan un poco las caderas; cuando se pega el estirón, pero todavía queda todo por aprender, entonces, se dice que estamos en la edad del pavo. No puede definirse mejor la adolescencia, qué inteligente es el lenguaje, que alude a ese tonto animal: el pavo.
Un adolescente es un incomprendido por definición. Es lógico. No puede comprenderse lo que no está todavía del todo definido. Y es que, a estas edades, supongo, nos estamos terminando de cocer, y no nos conocemos ni a nosotros mismos. ¡A ver por dónde sale el niño! Piensa la madre para sus adentros, mirando al niño, que tiene ya un cuarenta y dos de pies, la cara llena de barrillos y la voz ronca.
Dicen que la juventud es la única enfermedad que se cura sola, con el tiempo. Y lamentablemente es así. Pero no debemos olvidar que todos, todos, hemos pasado por la edad del pavo. Y por lo tanto, si hacemos un poco de memoria,  quizás comprendamos mejor a los chavales de hoy:
En octavo de EGB, las niñas solo pensaban en los niños, y en amores platónicos… y los niños solo pensaban en las niñas, y en el fútbol, y en el baloncesto… se jugaba en la calle, o simplemente se salía y se daba una vuelta, en la barriada, en los bloques, o en el mercadito de lora, si vivías cerca del centro. A esa edad, podíamos estar horas sentados en un escalón, hablando o escuchando música.
En mi barriada, en cierto momento, se puso de moda el Brake-Dance.  No recuerdo quién, solía traer un gran radio casete de dos pletinas. Se ponían cartones en el suelo, y mientras sonaba la música, en plena calle, sobre los cartones, se hacían piruetas… El Brake tenía su ciencia, y solo unos pocos eran capaces de bailarlo, mientras los demás preferíamos mirar. El Top-Rock era el baile preparatorio, el balanceo inicial a ritmo de la música. Un Indian Step, un Salsa Step… una cuestión de estilo. Pero lo alucinante eran los potros, los ejercicios de suelo, y los molinillos sobre el costado o sobre la cabeza… Los adultos de entonces pensaban que estábamos locos… pero solo hacíamos lo que hacen todos los adolescentes: llamar la atención y hacernos ver.
A esas edades solías preocuparte un poco más por la estética. El que más o el que menos trataba de ser transgresor con su apariencia. Entonces para diferenciarse estéticamente  había que ser menos radical que hoy en día. Aunque la intención era la misma, bastaba con dejarse el pelo largo, o ponerse pantalones rotos, si era lo que se llevaba, o un pendiente, si eras capaz. Observo que hoy en día, para llamar la atención, hay que hacer un mayor esfuerzo, y ponerse  un piercing  o un tatuaje… mientras que antes bastaba con quitarse la raya al lado y peinarse para atrás. El resultado era el mismo, y a diferencia de los tatuajes, luego no te arrepientes.
No quedábamos para salir. No teníamos móviles, ni por lo tanto WhatsApp. La verdad, es que no sé qué hacíamos con tanto tiempo libre y sin móvil; sin tener que estar continuamente con los dedos sobre el teléfono, o sentados en un rincón con el ipad.
Aunque los tiempos han cambiado, si lo meditamos, en el fondo, éramos iguales. Igual de inseguros, igual de inexpertos, igual de ingenuos…
Cuando los de  mi generación estábamos en la edad del pavo, los mayores te decían que debías estudiar. Que debías esforzarte, y aprender un oficio, y ganarte la vida… Nuestros padres lo habían pasado regular en su infancia. No habían bailado Brake-Dance, ni tenido acceso a la educación, ni a la formación… puede que tampoco a la cultura o al ocio tal y como lo entendemos hoy.
Recuerdo que se nos convenció que si nos esforzábamos, nos esperaba un futuro maravilloso. Recuerdo que  nos decían, que nuestro futuro sería mejor que el suyo. Nosotros pudimos acceder a eso que se llama el estado del bienestar, y que ahora parece que desaparece.
Pero ahora, cuando todo se tambalea, en esta crisis, por primera vez,  parece que los hijos están peor que sus padres.
Podemos encontrar que los abuelos tienen una pensión, que les permite vivir; o incluso se han prejubilado y tienen una pensión magnífica desde los cincuenta y cinco años; pero en cambio,  el padre o la madre o están parados o trabajando en precario… y por menos que algunas buenas pensiones. Pero parece que lo peor está por venir: ¿Y los hijos?, peor: en el instituto, y con un futuro incierto…
La edad del pavo es por definición una edad complicada. Pero si en esa edad, lo que escuchas en todo momento es hablar de crisis, de futuro incierto, de paro, de que no merece la pena estudiar para tener que irse luego al extranjero… si al desajuste hormonal le sumamos semejante desajuste social, y una buena dosis de incertidumbre, apaga y vámonos. Hoy más que nunca, hay que esforzarse por comprender a los adolescentes y en trazarles algunas expectativas de futuro. Aunque estén en una edad muy tonta, más tonto y más absurdo es el tiempo que les ha tocado vivir.

Memoria para Soñar, 4 de 4

Este es el último de una serie de cuatro artículos dedicados a lo mismo.  Más sería demasiado. He mostrado imágenes en las que el rio era protagonista de la ciudad, y en las que se intuía una verdadera transformación del centro, ligado y volcado sobre un rio vivo, con barcos, con gente. Hemos recordado nuestra historia industrial reciente, de Remigio a Polanco, de Parrita a Tubos Reunidos… Nos hemos arrepentido juntos de arrancar las viñas, y de cambiarlas por chalets, y de olvidar el campo, o casi olvidarlo…
En definitiva, en los tres últimos domingos, y hoy también, he pretendido dejar caer el mismo mensaje: Que podemos y debemos encontrar claves, en nuestro pasado reciente, que nos ayuden a superar la actual situación de incertidumbre y de crisis. Porque crisis significa cambio, y que Chiclana está pasando una racha de cambio y de transformación, a estas alturas, me parece incuestionable.
Hablando del campo, la semana pasada no dediqué el tiempo que merece a los esteros, las salinas, las marismas… el parque natural vamos, que ocupa casi la cuarta parte noroeste de nuestro término municipal. Las salinas están hoy en día poco aprovechadas. De acuerdo que son un parque natural, de acuerdo que es necesario conservarlo para generaciones futuras… de acuerdo, pero, ¿Seguro que no podemos sacar más provecho de las salinas? ¿Seguro que no puede este espacio natural, en equilibrio y de manera sostenible como se dice ahora, producir un buen número de puestos de trabajo?
Recuerdo acompañar a Sebastián a tomar marea a la Borriquera. Él iba todos los días, solo para abrir o cerrar una compuerta aquí o allá. Él comprendía aquel laberinto de agua y de tierra ocupada por cepinas…
Recuerdo cuando venían a la puerta de mi casa vendiendo lisas de estero en un barreño después de un despesque. ¡Son de estero!, decía aquella señora, y todo estaba dicho. Aquello era señal de calidad para nosotros, era una marca… Hoy podría ponerse en valor esa marca, con esas cosas más modernas; que a lo mismo que decía aquella señora, lo llaman ahora, denominación de origen.
¿Y qué me dicen de la sal? ¿De la sal de espuma, de la flor de sal…? Otro día dedicaremos un domingo a recordar juntos las salinas y los salineros… los niños y niñas con pocos años trabando de pulguitas, como minúsculos arrieros…
La sal es otro de nuestros potenciales… uno de tantos.
Pero hablando de potencialidades, y para cerrar esta modesta serie, creo que si hay algún sector, alguna actividad que puede generar todavía mucho más trabajo del que genera, y mundología, y cosmopolitismo a nuestra ciudad, (que todo es necesario) es el sector servicios, el turismo vamos. Hace unos días comentaba con un amigo extremeño lo que ahora tanto se comenta: Que la cosa está fatal. Que la crisis nunca termina… que Chiclana está parada…  que no hay por dónde tirar… Ya saben, eso que hacemos ahora tanto, de caer en lamentaciones…
¿Qué aquí no hay por dónde tirar? Me dijo el extremeño casi enfadado. Y es difícil enfadar a un extremeño, créanme… En mi pueblo sí que no hay nada.
Ya quisiéramos en mi pueblo tener turismo, once mil camas de hoteles de cuatro y cinco estrellas. Lo que os pasa en Chiclana, me dijo el extremeño, es que habéis ganado últimamente el dinero demasiado fácil. Y todavía no habéis aceptado que ahora hay que ser más imaginativos, y que hay que remangarse mucho más… que hay que sacar provecho de aquello que antes no merecía la pena, porque no se ganaba casi nada, en comparación con la promoción, la construcción, los “chaleres” y el trato…
¡Touché! (Siempre es bueno escuchar a un extremeño enfadado)
Aunque todos los chiclaneros no se han dedicado a lo mismo. Aunque como es lógico, cualquier generalización no deja de ser una equivocación… la verdad es que hay mucho de verdad en esta extremeña y extrema opinión.
Es verdad que hay que sacar mucho más provecho del turismo, traer a los turistas al centro. Pero no solo físicamente, que también. Hay que conseguir que gasten aquí, en nuestra economía local. Hay que prestarle servicios, ofrecerles excursiones, visitas al parque natural, ocio, cultura… hay que conectar el Novo Sancti Petri con el centro con un transporte público, atractivo, moderno, quizás un mono-raíl del siglo XXI, quizás el tranvía…
Hay que copiar. Recuerdo en Mijas, una tienda que solo vendía velas decorativas, un paseo en burro…
Aunque está claro que nuestro principal atractivo es la playa. (Que por cierto hay que cuidar con todo el celo posible) Debemos ofrecer, y si es necesario inventarnos, otros atractivos turísticos, que tengan que ver con nuestra cultura del vino, de la sal, de los esteros… que tenga que ver con nuestro cante y baile, con el toreo, con nuestros monumentos y nuestra historia… no nuestra época romántica… que tengan que ver con el parque natural, con la observación de aves, con las excursiones en barco, con nuestro pasado Fenicio, con la mitología, con el templo de Hércules…  Hay que sacar a los turistas del Novo. Hay que ir a por ellos, y traerlos en un moderno tranvía o en autobuses gratuitos… Hay que estrujarse la sesera para demostrar a mi amigo el extremeño, y sobre todo a nosotros mismos, que somos capaces de aprovechar que en nuestra ciudad existan once mil camas de hotel.
Ahora que se puede dibujar de nuevo... Turismo, por favor… Debemos buscar fórmulas para diversificar nuestra economía… Debemos recuperar la ilusión. Es urgente soñar. Sueñen. Sueñen. Pero no se duerman.