lunes, 22 de abril de 2013

Los Abuelos y las Abuelas




Antes los abuelos eran menos y parecían más viejos. En una Chiclana sin grandes empresas, ni administraciones, ni ejército… en una Chiclana casi de campo todavía, muy pocos mayores cobraban algo comparable a una pensión. Los que habían podido pagar el sello agrario, cobraban, pero muy poco; la mayoría trabajaban hasta el último día. Los menos, ahorrando, tenían algunas pesetas apuntadas a mano, en una cartilla pequeñita y de color celeste de la Caja de Ahorros de Cádiz. 
Muchas abuelas vestían de negro y se recogían el pelo blanco en un elegante roete, hecho mil veces con cuatro horquillas que sostenían entre los labios apretados mientras se peinaban. Había pocas peluquerías pero mucha dignidad. Con muy poco seguían haciendo milagros. Como siempre.
Los abuelos utilizaban gorra o boina, que se quitaban enseñando media frente blanca, solamente como muestra de gran respeto. Recuerdo ver el paso de un entierro por la Calle la Plaza. En respetuoso silencio, las frentes blancas y las gorras en las manos. Una vez un amigo me contó que su abuelo nunca llevaba la gorra cuando iba al banco o al Ayuntamiento. ¿Por qué? … Para no tener que quitársela…
 
Entonces en Chiclana no había nada para los mayores. Algo más tarde, en Junio de 1981 se fundó el hogar del pensionista, siendo el primer socio Don Antonio Pereira López. Al final de ese mismo año ya eran 676, la mayoría hombres. El hogar, dependiente del Instituto Nacional de Servicios Sociales, era mucho más pequeño que hoy día. Contaba con apenas una entrada, una habitación y una cantina o sala de juego. La peluquería creo que también estaba desde el principio. Entonces las mujeres no podían entrar en la zona de juego, como no entraban en los bares, o en muchos otros sitios. Esto último fue cambiado para mejor, y hoy día las mujeres son mayoría, y mucho más dinámicas y participativas.
El concepto predominante respecto de los mayores era la seguridad, la protección. Se pretendía solamente proporcionar a las personas mayores un lugar en el que estar protegido o como decimos nosotros en Chiclana, estar recogido. Aquello fue cambiando también para mejor. La transición desde la partida de dominó al taller de gimnasia o yoga, o al baile de salón, no ha sido fácil. Los mayores han ido turnándose; porque obviamente no son los mismos, ley de vida; pero, aun así, la evolución ha sido bastante radical y positiva.
Quiero resaltar la aportación a este cambio, desde muy al principio, de la orquesta San Antonio. La orquesta del Hogar, y los bailes de los sábados, que todavía continúan. Porque no es lo mismo, como ustedes comprenderán, ir al hogar del pensionista  que ir al baile. Con todo lo que ello significa…
En 1998 el Ayuntamiento financió las obras de ampliación del centro, ya de titularidad de la Junta de Andalucía. Se consolidó entonces un cambio de modelo, y de mentalidad. El Hogar del Pensionista pasó a llamarse Centro de Participación Activa para Personas Mayores.
Y es que, uno de los cambios más profundos que se ha producido en la Chiclana Reciente, durante las décadas de los ochenta y noventa, y como en otras ciudades, ha sido la transformación del papel de los mayores.
Ahora, con la tan traída crisis económica, los mayores tienen que volver a adaptarse a las nuevas circunstancias. Y muchos de ellos, vuelven a asumir cargas familiares.
Una encuesta reciente realizada a quinientos usuarios del centro retrata una situación económica y social que podemos intuir: Un 30% de los abuelos encuestados prestan ayuda económica a su familia todos los días, y solo el 16,5% manifiesta que nunca tiene que ayudar a sus hijos. Ninguno se queja. Ninguno.
Pueden ustedes admirarlos en www.mayoreschiclana.es Me apetece hacer publicidad de su web. Se sorprenderán de todo lo que hacen y de todo lo que tienen que dar todavía nuestros mayores; y de paso, podrán ver las fotos de la última gira, o del baile de un sábado cualquiera.

domingo, 14 de abril de 2013

Un Sancti-Petri de cada uno



He oído que se está preparando una exposición con las propuestas para el poblado de Sancti-Petri, fruto de un concurso de arquitectura que convocó el Ayuntamiento. Tres colegas arquitectos de fuera y yo, nos inscribimos juntos en aquel concurso de ideas, pero finalmente no fuimos capaces de presentar propuesta alguna. A veces pasa; el entorno pesa e influye demasiado; y, los espacios tan íntimamente vividos hacen que uno se sienta muy pequeñito, y algo incapaz. Supongo que le pasará lo mismo a los médicos o a los psicólogos, que no tratan a sus familiares como médicos, sino como familia, claro.
Sancti Petri es un lugar singular, desde la geografía, la historia, las ciencias naturales, la geología, la mitología, la antropología… Es el escenario ideal para eruditos y expertos de casi todas las materias. Pero para mí, Sancti Petri es sobre todo un recuerdo:
En mi calle, junto a la huerta, vivía Manolo el Mellizo que tenía un barco de pesca en el muelle de piedra. Tenía un barco y un hijo, mi amigo Manolito. Todas las tardes Manolo iba a Sancti-Petri por segunda vez, a revisar el barco y a preparar las artes para la mañana del día siguiente. El barco, al que llamaban el “Turutú” por su ruido, daba trabajo a unos pocos. Muchas tardes su hijo lo acompañaba, y algunas veces yo iba con ellos. Llegábamos a Sancti Petri en un Renault 4 azul, que se sabía de memoria los enormes baches del carril que conducía al muelle de piedra. Pegado a las casas estaba el bar flotante, que era un bote grande y  varado. El mostrador era la borda, y tenía la curvatura que tienen los botes, porque la botella de Fanta quedaba peligrosamente inclinada, y era mejor tenerla en la mano o beberse deprisa. Por delante, un sombrajo de cañizo, como los chiringuitos, un par de mesas plegables y algunas sillas.

Sobre el muelle (de piedra porque el muelle grande era otro) había siempre varios montones de redes y de bollas de colores, algunas, simples trozos de corcho con banderas hechas con un palito y un plástico rojo o blanco. Recuerdo el olor de los montones de algas secas en el suelo, que quedaban donde antes habían limpiado las redes. Delante, un paisaje impresionante, un parque natural, unos caños llenos de vida, las vistas… entonces era natural lo natural. No éramos ecologistas, esos pensamientos no eran del todo necesarios, todavía.
Los barcos en el muelle se veían más o menos, según la marea. Y era también la marea la que decidía por nosotros. Si los barcos quedaban muy por debajo del muelle, con la marea vacía; entonces, le pedíamos la patera a Geromo para cruzar el caño y mariscar perrillos. Geromo era un hombre mayor, con una boina negra, un cigarro en la boca y un quiste de grasa en la parte trasera del cuello, al que era difícil no mirar. Recomiendo la sensación de andar por el fango hasta casi la rodilla, y escarbar con las manos buscando perrillos solo con el tacto: Frio, suave, y con olor a Sancti-Petri.  Mariscar lo que es mariscar, creo que no, pero pasábamos la tarde.
La pleamar elevaba los barcos casi sobre el muelle, impedía mariscar y nos invitaba a explorar el poblado. Una vez vimos un grupo de soldados jugando a los pistoleros por las calles, como los niños pequeños, aunque ellos dirían que eran maniobras. Uno con una gorra diferente nos llamó la atención, y nos volvimos al muelle de piedra. Más tarde comprendí aquel conflicto, entre militares y pescadores. Pero casi siempre, Sancti-Petri estaba absolutamente vacío. Recuerdo los paneles blancos en las paredes del cine y la pantalla pintada en la pared, subir a la planta alta del Ayuntamiento, la fábrica de atunes, con una parte del suelo de hormigón ondulado, como una enorme tabla de lavar de madera. Recuerdo la iglesia, las casas, un par de ellas con las fachadas pintadas y con macetas colgadas. Recuerdo los árboles de las calles, algunas sin salida; recuerdo la sensación de estar en un sitio que había sido y que no era.
Buscando una imagen para acompañar estas palabras he encontrado ésta. Cada uno de nosotros tenemos un recuerdo diferente de Sancti-Petri. Algunos incluso recordarán el poblado en todo su esplendor, y otros solo habrán conocido los últimos años, después de las demoliciones. Os invito a sentaros en la silla de la fotografía, levantar la vista del diario unos segundos, y buscar Sancti Petri en vuestra memoria. Solo allí existe.

Salir por el centro



Me apetece evocar la movida y hacer un recorrido imaginario por el centro de Chiclana. Un sábado inventado de finales de mayo, entre los ochenta y noventa…

Habíamos quedado en el Carretero a las ocho pero la gente va llegando cuando le da la gana. Una cervecita o un vinito, un hola, un qué tal… alguien dice que nos esperan en el Sanatorio, y vamos. Puede que comamos una ración de algo. Todavía es temprano para ir a la plaza España; y no es mal sitito para hacer tiempo, una pieza de bodega, unas sillas de tijera, media de moscatel y unas cervecitas.

A las once, más o menos, bajamos por la calle sor Ángela de Cruz dirección a la Plaza. Me dicen que Juan Marcos vende litros de cubata en tarros de zumo, sin hielo ni nada, pero poca gente lo compra. Ya desde el puente grande vemos que la plaza está llena, los coches apenas pueden pasar… En frente del bar Madrid han puesto una escultura moderna. Tiene un wáter, y algo más que brilla… Están flipaos… Los del bar Madrid y los del Plató son los más modernos. Todavía es temprano para ellos, pero a partir de las doce se llenan. La semana pasada estaba en el bar Madrid Juan Echanove, que por lo visto es amigo del dueño, o conocido, no sé. Viene de vez en cuando. También dicen que han visto a Verónica Forqué.


Dejamos a la derecha el Madrid y el Plató. En la esquina izquierda está el bar la botica y subiendo por la calle Fierro, el Quinientas, el Bailongo y un poco más arriba el Rebufo que es de moteros. La plaza está llena de gente charlando y bebiendo. Los del bailongo han marcado el culo de los vasos de tubo con pintura de color rojo, con la idea de que cada recoge-vasos coja los suyos y no los de otro bar.  

Las copas son baratas, sobre todo en casa de Pepe el Quinientas que es donde entramos primero. Hay gente desde por la tarde, jugando al parchís. Pepe es un tipo entrañable, que es capaz de servir un rebujao a un sesentón, y luego un cubata a la gente joven por la noche. Quiere hablar con nosotros. Resulta que él compra al por mayor, por eso tiene buenos precios.  Le han ofrecido una partida de Wisky Willian Lawson, y nos pregunta si nos gusta, y si lo queremos. Vale, pero al mismo precio que el Dyc. ¡Eso es marketing y atención al cliente!

Unos recién incorporados que no han ido a la bodega tienen hambre. Les acompañamos por la calle Iro. El Ave Crazy, La Pajarita o Cachito pueden que estén todavía abiertos. Si no, no hay problema, el Burger 01 está abierto hasta las cuatro de la mañana. 

Nosotros ya hemos tapeado, luego nos veremos… Pasamos por la puerta del Pub Cristal, y del bar Hawai, que según me cuenta Jony, se llama así por la canción de Loquillo, esto no es Hawai. Vamos a la Presa, en la calle Iro, que es una antigua bodega convertida en bar de copas, con una barra en la entrada y una mesa de billar.

En la calle trasera, junto a la discoteca Opal, dos bares de ambiente. El New York, y sobre todo el Pub Lyo’s, que atraía a entendidos de toda la provincia y que no tenía nada que envidiar a un garito de capital: Pestañas postizas, tacones de plataforma, luces estroboscópicas y colores atrevidos. Demasiado para mí.

                ¡Quillo!, podemos ir al Papa Ganso o a la Cuesta, al lado del Cerro del trigo. No, es muy tarde. Bueno, pues al Madrid otra vez. ¿Vale?

                Ese verano comenzaríamos a salir por la primera pista de la playa. Montaron el Tiburón, la Alemana y el Cappochia. Luego muchos más en el Pinar de Don Jesús, en Costa Sancti Petri…

                El supermercado Nieves, del cubano, superó a Luis Marcos, vendiendo una botella de refresco, whisky, hielo y vasos. Siendo un supermercado, aprovechaba la terraza para organizar conciertos. Allí tocaron los Caducados, Los Ronckos, Dyc Torpe, Humildad y Paciencia y la Cruz entre otros. ( Algún día hablaremos del Rock de por aquí). Allí comenzó el botellón, porque las copas en la primera pista eran más caras que en el Quinientas, y porque los Sevillanos que veraneaban aquí ya estaban acostumbrados.

La playa ha competido con el centro de  Chiclana en muchos aspectos; y, el centro dejó de ser el centro en lo que se refiere a las salidas nocturnas.  Porque la gente va donde quiere, y salíamos en Chiclana porque había hosteleros que hacían muy bien su trabajo y que montaban bares cojonudos… a ver si ahora que no se gana un pastón con el ladrillo vuelve a merecer la pena abrir un bar. En el centro hay un montón de locales vacíos que se alquilan. Para todo el año y más barato que en la playa. 

Jeringuillas en el suelo



Cualquier tiempo pasado fue peor. Lo digo, porque revisando mis últimos escritos, he tenido la sensación de estar insinuando lo contrario, al dibujar una Chiclana reciente demasiado idílica. Nada más lejos de mi intención.
Esta semana se han publicado unas fotos de un presidente autonómico de paseo con un narco, una foto “ennarcada”; además, han puesto en la tele una peli, heroína, que trata de la lucha de unas madres gallegas contra el problema de las drogas durante los ochenta y noventa. También ha sido reelegido el presidente de los empresarios, y aunque no tenga nada que ver, me ha recordado a otra persona. Por todo ello, me apetece dedicar unos minutos a aquel asunto de las drogas, que por cierto,  hoy parece olvidado.
Chiclana, en la misma medida que los pueblos del entorno, sufrió la epidemia de la heroína. Las drogas han existido siempre: los medios litros de vino en El Rincón,  el porro o el botellón; pero, la heroína tuvo un impacto social mucho más evidente. En los ochenta algunos pasaron directamente del porro a la heroína. En los noventa, las agujas perdieron poder, y fue aumentando el consumo de cocaína, más discreta, más pija y más invisible.  Los “grifotas” no pasaban desapercibidos, como ocurre hoy. Por ello, porque se les veía, fueron marginados de un modo brutal y apartados completamente de la sociedad. En general, y sobre todo al principio, fueron considerados unos verdaderos apestados. El lenguaje, que somos todos y siempre indica actitudes, los llamó enganchados, grifotas, drogadictos… y cosas peores que no vienen al caso. Pero solo eran chavales y chavalas con un grave problema de salud, viviendo en una sociedad que no tenía preparada una respuesta ni un tratamiento adecuado para ellos.

En 1987 Juan Rodríguez Ballesteros, entonces estudiando medicina, y un grupo de padres y madres de afectados por aquella epidemia, entre otros, Manolo Sánchez, fundaron en Chiclana la asociación AFAAD. El Ayuntamiento les cedió las dependencias del antiguo matadero, seguramente porque era lo único que había. Unas instalaciones con un nombre poco apropiado y que ellos mismos tuvieron que acondicionar. La asociación consiguió, bonito verbo conseguir, modificar la respuesta que Chiclana daba a sus drogadictos, trabajando intensamente hasta su disolución en el año 2010.  Ayudaron a muchos, e hicieron el bien, sin paliativos: Escuela de familiares, consultas específicas, el único centro de rehabilitación que ha existido en Chiclana…
Muchas otras asociaciones, y muchas otras personas se han entregado en la lucha contra esta epidemia. Muchos luchan todavía. Otros muchos cayeron, enganchados o vencidos. Valla por escrito este recuerdo para todos ellos.
Se ponían en sitios concretos, agrupados, esperando. Siempre esperando. En la Calle del Molino antes Méndez Núñez, entre de la plaza mayor y JJ, había una casa vieja en ruinas, que siempre tenía la puerta rota. Y un bar en la esquina, y una acera para sentarse y unas caras flacas y unas miradas perdidas. Recuerdo pasar junto a ellos sin apenas mirarlos. Ya no están allí. El Chana, el Moro, el Cosme, el Colilla, el Quemao, Jacinto…  Y es que, si hacemos memoria, la heroína se llevó a buena parte de una generación. La sociedad de entonces se dedicó a criminalizarlos y apartarlos. Supongo que por miedo al contagio. Y solo los familiares de los afectados, la sociedad civil, fue abriendo camino para el cambio. Como siempre.
Puede que tengan ustedes algún recuerdo concreto, alguna cara, algún familiar que sufrió esta terrible enfermedad y la ignorancia de los sanos. Puestos a rememorar las cosas de nuestro pasado reciente para recuperarnos, como pretendo en esta sección, recordemos también aquel episodio olvidado. Que sirva este recuerdo como modesto y tardío homenaje.